FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | ¿Quién te contagia? | Francisco Pomares

Calle concurrida

Lluis Serra, portavoz del comité científico que asesora al Gobierno de Canarias en la pandemia, ha recordado en unas recientes declaraciones que el problema de la escalada de contagios –también se está produciendo en Canarias– no tiene que ver ni con la llegada de turistas, ni con la arribada de africanos en pateras y cayucos a las islas.

En el primer caso, y a pesar del crecimiento acelerado de los brotes de contagio, no existe de momento ninguna evidencia de que ni uno solo de ellos tenga como origen la llegada de turistas contagiados. En relación con los inmigrantes a los que se detecta el virus, lo primero que hay que tener en cuenta es que todos ellos son sometidos a pruebas diagnósticas, y eso significa una distorsión muestral muy importante. No lo digo yo, sino Serra: la inmigración no supone un riesgo significativo en absoluto.

Entre otras cosas porque todos los que llegan son sometidos a una cuarentena legal bastante más eficaz que esas cuarentenas sanitarias de quince días que establecen las disposiciones y normas.

Es frecuente que las sociedades endosen la culpa de sus padecimientos y problemas a los otros, a los de fuera. Turistas y emigrantes –a los efectos– son percibidos como posibles propagadores del mal, a pesar de que todo indica que son dos grupos sin incidencia ninguna en la expansión de los contagios.

Si quiere usted saber quién le va a pegar el coronavirus, no hace falta que dé muchas vueltas: va a ser alguien en una fiesta, o un familiar próximo, quizá su hijo que estuvo de farra el viernes pasado con una docena de amigos de siempre de los que no va a desconfiar. También puede ser su marido, que se relaciona todos los días con colegas del curro con hijos, que tienen también compañeros de toda la vida.

La inmensa mayoría de los contagios proceden del entorno más próximo –donde relajamos absolutamente la vigilancia contra la infección– y de encuentros que implican aglomeración y muchas veces cierta dosis de narcosis etílica que hace que uno olvide todas las prevenciones.

¿Es posible contagiarse respirando el aire que antes ha respirado un tipo que se cruza con nosotros en la calle? Es posible, en esto no hay certezas ni garantías de nada, pero resulta mucho menos probable infectarse por un cruce esporádico de micropartículas que por pasar una tarde viendo la tele con el novio o con un par de amigos. La mayor parte de la gente es contagiada por aquellos con los que trata frecuentemente.

Por supuesto, hay que seguir viviendo, y no creo que podamos renunciar de nuevo a trabajar, a asistir a clase, a hacer deporte o a compartir nuestro tiempo con las personas a las que queremos. Pero sí podemos renunciar perfectamente a un ocio nocturno demasiado peligroso en estos momentos, a grandes celebraciones y, sobre todo, a confiar en la suerte.

No es cuestión de normas, es cuestión de entender que nos enfrentamos a una lotería potencialmente mortal, y asumir que el control de los riesgos no es responsabilidad sólo de los que nos mandan, sino de cada uno de nosotros. Cada cual debe decidir si es más importante llevar mascarilla cuando pasea de noche por la ciudad o ponérsela cuando hace un puzzle con su hija una tarde de domingo.

Decidir también qué reuniones deben mantenerse y cuáles pueden sustituirse por encuentros virtuales. Y siempre: lavarse las manos con frecuencia, huir de las aglomeraciones y evitar el contacto físico todo lo que sea posible. Recuperar el sentido común y no inventar enemigos: el miedo, el rechazo y el odio también se contagian.UIÉN TE CONTAGIA

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