FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Periodismo con patente | Francisco Pomares

Conozco a Carlos Sosa desde hace años y durante muchos le he respetado como profesional y me he sentido compañero suyo. Carlos no es ni ha sido nunca amigo mío. No hemos compartido jamás noches de fiesta, canciones y parrandas; no estudiamos juntos la carrera; no hemos estado en el mismo equipo; pero si hemos compartido alguna trinchera y peleado en las mismas guerras. Juntos nos enfrentamos en los tribunales al editor para el que ahora trabaja, juntos también peleamos contra el entonces dueño del periódico para el que yo trabajo ahora, y juntos celebramos con la botella de vino más cara que yo haya pagado jamás, la victoria contra aquél señor tan enfadado. Juntos nos enfrentamos al ministro Soria cuando quiso cobrarle algunas facturas en cuerpo ajeno, y juntos defendimos a su mujer, la entonces candidata de Podemos Victoria Rosell, de la conspiración montada por el juez Alba. Además, le publiqué y presenté un libro suyo que me trajo bastantes problemas, entre ellos la animadversión que aún se mantiene de quien era entonces el político más poderoso de Canarias. Si quieren saber por qué Carlos siempre pudo contar conmigo cuando me pidió ayuda, les diré que porque siempre me pareció un tipo valiente, y soy de los que aún creen en aquella máxima de Indro Montanelli, pronunciada sin metáforas durante su segunda etapa como director de Il Corriere: «todo debe confiarse a los cojones de los periodistas».

Por eso, por su osadía, rara en una profesión en la que hay demasiados miedosos, he respetado a Carlos tanto tiempo, incluso sin compartir ni apoyar lo que hacía. Jamás critiqué su cercanía a Paulino Rivero, ni su entrega a Willy García, ni su silencio en momentos en los que habría sido razonable hablar. Esta profesión es mucho más complicada de lo que piensa la mayoría.

El otro día publicó un artículo en el que habló de periodistas sicarios, e incluyó mi nombre como si pasara por allí. Lo atribuí a un exceso de celo: ahora Carlos trabaja sobre todo para él, pero también para algunas de las personas a las que antes más se enfrentaba: para uno que –él sí- fue sicario de Miguel Zerolo, y para otro que le arrastró por los juzgados en alguna de las causas en las que yo fui a testificar a su favor. Tampoco me preocupó que alguien tan bien documentado como él olvidara tantas cosas: por ejemplo, que las informaciones que destaparon lo que luego sería el caso Teresitas la mandé publicar en La Opinión, y que fue ése periódico -que yo dirigía- el que abrió el caso Arona. Que olvidara que metí en la cárcel al presidente de Coalición, Dimas Martín, o que me enfrente con todo lo que encontré a los abusos del paulinato, mientras él vivía feliz a su sombra. No me enfada que Carlos se olvide o se confunda. Nos pasa a todos. Pero sí me asombra que crea que alguien puede dar patentes de periodismo, como en un zoco de avales corsarios. Porque los méritos del periodista los juzgan los lectores.

Ayer, Carlos volvió a confundirse y a confundir a su público adelantando una información falsa, puro ‘periodismo creativo’, desmentida inmediatamente por el TSJC. También ayer, Carlos fue reprendido por el Supremo por no contrastar suficientemente sus obsesiones antes de publicarlas. Convertir a los enemigos en noticia -la haya o no- es algo más cercano al odio que al periodismo. La militancia no debe confundirse con el periodismo. No son lo mismo. Como no lo son ideología y exactitud. O convicciones y verdad. Resulta que en todas partes hay ladrones y golfos. No sólo entre tus adversarios, también entre quienes aprecias o comparten aquello en lo que crees, entre tus colegas. Es lo primero que se aprende cuando uno ejerce esta profesión.

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