FIRMAS Marisol Ayala

OPINIÓN | Protección | Marisol Ayala

Ellas venían a casa como si fuera la suya. Eran hermanas y vivían a 300 metros de la nuestra. Teníamos un patio grande, tanto que allí organizamos partidos de fútbol. Recuerdo los gritos de los niños en ese patio rectangular de mosaicos negros. Los balonazos y los “ay” fue la banda sonora de aquellas tardes. Mi madre era una mujer de buen carácter y cuando veía llegar a mi padre era la persona más feliz del mundo. Se adoraban. A veces pedía que no gritaran pero era imposible.

Los niños, vecinos y hermanos, venían a jugar. Cada uno traía su bocadillo. Había un horario para entrar a casa ya que el bullicio no dejaba que mi padre echara una cabezada. Esa norma no se violaba jamás salvo cuando llegaban las hermanas. Se paraba el partido y entraban. Sin más. Mi madre las recibía con cariño, era evidente que había un trato especial hacía aquellas niñas. En más de una ocasión cuando no llegaban mi madre ordenaba que alguien fuera a buscarlas.

Vivian a la vuelta de la esquina. No pasaba mucho para que asomaran por la puerta que daba al patio. Eran las preferidas, las mimadas, pero no sabíamos por qué. Siempre vestían rebeca o camisa de manga larga. Guardo en mi retina los protectores brazos de mi madre rodeándoles los hombros; siempre tuve la impresión de que buscaba algo pero no sabía qué hasta que un día una conversación lo aclaró todo.

Las dos niñas, nueve o diez años, eran golpeadas por un padre borracho y una madre paralizada por el miedo. Mi madre lo sabía. Una palabra anunciaba la agresión. “Suban…”, ordenaba la voz. Subían a la casa y comenzaban los golpes con la fusta que papaíto guardaba en el ropero.

Entonces entendí por qué mi madre las protegía. Hoy son mayores. El patio de casa fue su refugio y mi madre su guardián.

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