FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Aristocracia | Francisco Pomares

Es lo que pasa por fiarse de la aristocracia: fue el nacionalista Mario Cabrera quien decidió pactar con el partido del marqués de La Oliva, Domingo González Arroyo, que ayer rompió el acuerdo de gobierno que mantenía en La Oliva con Coalición y Nueva Canarias, para presentar una moción de censura contra el alcalde Isaí Blanco. La moción, urdida por el presidente del cabildo majorero, el socialista Blas Acosta, convertirá a la hija del marqués, Pilar González, en nueva alcaldesa, gracias al apoyo del PSOE y de En Marcha. La familia Arroyo vuelve a la alcaldía de La Oliva, ocupada por Domingo González durante nada menos que 26 años, que compaginó con una ultradedicación a la política, desarrollada en un puñado de distintos partidos: la UCD, el CDS, el PP, el PPMajo y Gana Fuerteventura. Fue González Arroyo también consejero del Cabildo durante veinte años, otros veinte diputado regional -formó parte del primer Parlamento provisional- y cuatro años senador por el PP.

La dinastía Arroyo ha estado desde siempre vinculada al poder local en La Oliva. El padre del marqués y abuelo de la candidata a alcaldesa, Ramón González Brito, también fue alcalde de su pueblo, aunque militaba en las antípodas ideológicas de Domingo, uno de sus 18 vástagos: Ramón era comunista, se presentó a la alcaldía por el Frente Popular y fue sacado de ella a punta de pistola por efectivos falangistas, aunque salvó la piel de milagro y logró sobrevivir conduciendo un viejo camión que heredaría años más tarde el marqués. Cuenta la mitología local -alimentada por los propagandistas de la radio y la tele propiedad del marqués– que, tras nacer este en plena Guerra Civil en Arrecife, fue traído con apenas tres días en un barco de vela desde Lanzarote a La Oliva, y que eso le forjó el carácter. Quizá fuera cierto: con 82 años sigue estando presente en la vida política de La Oliva, un pueblo que gobernó como alcalde desde las primeras elecciones municipales del 79 hasta el 2003, regresando en 2015, para ser sacado de la alcaldía a la fuerza -como su padre, pero por muy diferentes motivos- tras negarse a dimitir a pesar de haber sido condenado a nueve años de inhabilitación por prevaricación. El marqués se resistió a renunciar a la alcaldía, se atrincheró en ella durante un año, dictó decretos, modificó los Presupuestos, repartió subvenciones y ordenó cambiar las cerraduras del ayuntamiento para impedir el acceso a un pleno convocado por su sustituto legítimo, Pedro Amador, hasta que el 30 de diciembre fue desalojado del ayuntamiento por su propia policía local. Unos años antes había dicho: «No ha nacido macho que me tumbe de la alcaldía. Esa hazaña sólo la puede hacer una hembra virgen y sin desfondar.»

Y es la hija de este veterano y singular personaje, actual lideresa del partido que su padre creó para seguir en el machito (sin mucho éxito), quien recupera la alcaldía (con la ayuda del PSOE y Gana Fuerteventura, el partido de Pedro Amador) para una saga familiar que en sus mejores tiempos fue dueña de medio pueblo, propietaria de algunos de los negocios más suculentos de la isla, entre ellos un par de gasolineras que antes de acabar el siglo facturaban por encima del millón de euros anuales, y también la principal oficina de colocación de Fuerteventura. Los hijos no heredan -necesariamente- los pecados de los padres, pero si yo fuera Mario Cabrera o Blas Acosta estaría haciéndome cruces.

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