FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | Vienen curvas | Francisco Pomares

Recepción de hotel | Foto: Pixabay.

Los datos de Eurostat publicados el jueves confirman que Canarias vuelve a estar -por primera vez en muchos años- por debajo del 75 por ciento de la renta media europea. No es una maldición del destino ni una circunstancia inevitable: de hecho, en el pasado se remedió esa situación de partida gracias a las políticas europeas y la consideración por Bruselas de Canarias como región objetivo 2. Esa consideración permitió que poco antes del estallido de la última crisis, las islas rozarán ya la media europea, situándose en el 98 por ciento de la riqueza media continental. Es cierto que eso no ocurrió únicamente gracias a la lluvia de ayudas comunitarias y políticas de Estado: mucho tuvo que ver la incorporación a Europa de países pobres que provocaron la reducción estadística de las medias de riqueza, pero el drama es que quince años después de que Canarias se situara en el nivel medio comunitario, en Europa la convergencia haya ajustado en algunos de los países pobres la distribución de riqueza, mientras nosotros hemos retrocedido, junto con el conjunto de España. Podría decirse que es algo explicable, consecuencia directa de nuestro sistema productivo, instalado en el sector terciario: pero lo cierto es que no lo es, no tiene que ver sólo con la terciarización de nuestra economía. Por ejemplo, Baleares, un archipiélago que también vive casi exclusivamente del turismo, ha logrado mantenerse en las medias europeas de riqueza. Sin embargo, en Canarias se crearon instrumentos para atraer empresas y capitales externos, como la ZEC, que no han funcionado. Nuestra Zona Especial ha sido -al menos en comparación con políticas similares en otras zonas de Europa- un completo fracaso. A pesar de los ajustes que han llevado a que todo el territorio del archipiélago pueda ser considerado Zona Especial, aquí no se ha producido ningún cambio ni remotamente similar a lo ocurrido en Irlanda.

No puede decirse que las islas no hayan generado riqueza y empleo en los últimos años, especialmente con posterioridad a la crisis. Lo que ha ocurrido es que ese empleo -fundamentalmente vinculado al sector turístico- ha sido ocupado en una parte considerable por mano de obra extranjera, manteniéndose la increíble cifra de 200.000 desempleados locales. Las políticas de apoyo fiscal a las empresas, de exenciones al beneficio, no parecen haber contribuido demasiado a mejorar el empleo local. Y en cuanto a la riqueza, sigue estando muy mal repartida: todos los estudios sobre reparto de riqueza insisten en destacar el hecho de que la desigualdad ha crecido en las islas, a pesar de los esfuerzos realizados precisamente para sacar a Canarias de comportamientos distributivos propios del subdesarrollo. La riqueza solo puede repartirse por la vía de aumentar la cuota de participación de los salarios en la economía de la empresa, en detrimento del beneficio empresarial, o por la vía de los impuestos. Ninguno de esos dos mecanismos se ha ensayado con seriedad. El aumento del salario mínimo ha beneficiado más al Estado que a los trabajadores, y ha perjudicado mucho a las pequeñas empresas, que en Canarias son la mayoría. Y fiar el reparto de la riqueza al aumento de los impuestos, en una comunidad donde el gasto público es muy ineficiente a la hora de proporcionar bienestar, tampoco parece la mejor solución. Pero algo habrá que hacer. Porque la renta de los más pobres de Canarias no va a mejorar sola. Más bien, todo apunta a que puede empeorar. Y mucho.

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