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OPINIÓN | El niño de la playa | Marisol Ayala

Hace unos días liberando la nueva casa de cosas ya inservibles tropecé con un elástico que ataba un manojo de fotos grandes y pequeñas. Algunas en color y la mayoría en blanco y negro. Las ojeé y para mi sorpresa vi a mi madre con algunos de mis hermanos y amiguitos del barrio que compartían juegos sentados en la arena.

Reparé en uno de los niños que estaba en la foto.

Me llamó la atención porque era rubio lo cual contrastaba con el pelo negro y la piel morena de los míos. No tendría más de ocho o nueve añitos. La cara de aquel chiquillo me resultaba conocida. Las fotos debían tener 20 o 25 años por lo que los niños que estaban en ella debían ser granditos.

Le pregunté a mis hermanos por el chiquillo que me era conocido. Como ya saben mi adolescencia está unida a la natación, un deporte que practiqué en el C. N. Metropole y antes en la playa de mi barrio, Alcaravaneras. Me gustaba sentarme en la Peña Dos Hermanas, así bautizadas porque estaban casi pegadas, separadas por un hueco mínimo donde apenas cabía un brazo. Desde ese hueco la fuerza del mar succionaba todo lo que caía en su interior.

Una tarde sentada en las peñas vi como un niño luchaba por liberar sus piernas y subir a una de ellas. Estaba en un serio apuro. Tiré de un brazo pero el chiquillo se hundía así que sin pensarlo extendí las piernas, lo agarré por la cabeza y lo saqué por los pelos. Estaba agotado. Lo senté y cuando lo vi recuperado lo empujé hasta la arena y lo mandé a casa.

Pensé que había borrado de su cabeza aquel episodio, me equivoqué. Le contó a su madre lo ocurrido y me buscaron para agradecer lo que sin duda habría acabado en una tragedia.

Fuente:  Blog de Marisol Ayala

 

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