FIRMAS Francisco Pomares

OPINIÓN | A Babor | Matonismo e impunidad | Francisco Pomares

Tres matones contratados por el conocido empresario Tony Satyani o su hija Renuka propinaron una brutal paliza a Víctor Estévez en una sala de Juntas del Casino de Tenerife, solicitada por el abogado Javier Velasco Almendral, socio del Casino, para tratar de un litigio inmobiliario que enfrenta a la familia Satyani con Estévez, y por las que Estévez y otro socio suyo reclama el pago de una deuda de algo más de un millón cien mil euros.

La noticia, destacada ayer en portada por este periódico, ha producido una extraordinaria alarma en la capital tinerfeña. No se trata sólo de la brutalidad de la agresión, acompañada de amenazas realizadas -según reza en la denuncia presentada- por la propia Renuka, asegurando que los hechos podrían repetirse con la familia del agredido si no retiraba la reclamación presentada en los tribunales. Lo que más sorprende de esta inaudita salvajada es la premeditación y seguridad con la que actuaron los agresores, la parsimonia con la que se sacó al abogado Velasco Almendral de la sala de juntas, para agredir sin testigos a su cliente, el cuidado con el que se corrieron las cortinas de la sala, o la precisión de los golpes propinados a Víctor Estévez. Lo que más sorprende es la certeza de impunidad que parece acompañar a una actuación copiada de una peli de Scorsese, sin intentar siquiera ocultar la participación en la agresión, o su coreografía; mientras la empresaria denunciada, detenida hace un par de días por la policía, jaleaba la agresión de sus matones a su antiguo socio Estévez, su padre Kumar Kandesh Satyani, más conocido como ‘Tony’ Satyani, esperaba impertérrito en otra planta del Casino, en la que se había presentado con dos de los tres guardaespaldas que luego subieron con su hija Ranuka a la sala de juntas. Todos esos paseos fueron grabados por las cámaras del Casino, y ya están también en poder de la policía.

La pregunta que deberíamos hacernos es qué está pasando en esta sociedad nuestra, que clase de enfermedad está pudriéndonos el alma, para que un importante empresario, hasta ahora respetado y conocido, socio en operaciones inmobilarias y de otro tipo de muchos nombres conocidos de esta ciudad, crea que se puede arreglar un litigio judicial actuando como un gánster, y quizá esperando que su actuación no provoque una reacción general de rechazo y hostilidad. ‘Tony’ Satyani, como tantos otros capitanes de empresa, es un hombre hecho a sí mismo, un tipo correoso e inteligente que ha hecho fortuna comprando y vendiendo grandes inmuebles: debe haber pensado que ningún tribunal podrá acusarle a él de haber participado en la agresión, porque permaneció en la cafetería del Casino, donde no se escuchaban los gritos del agredido. Aún así, resulta inexplicable que Satyani haya permitido participar en esta repugnante historia a su hija Ranuka, colocándola en una situación indefendible.

Por eso, de esta historia de matones, lo que más extraña y sorprende no es el hecho en sí -no es la primera vez que ocurren cosas parecidas en esta isla que defendemos como paradigma de la tranquilidad y la seguridad-, sino la sospecha de que -cada vez más- hay quienes creen que el poder económico y las relaciones garantizan la absoluta impunidad.

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