FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | El barrio, afán popular constante | Salvador García Llanos

Foto: Facebook

El libro La Villa Arriba, de Nicolás González Lemus, editado por el Colectivo Cultural La Escalera, fue presentado en la noche del jueves en el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias (IEHC), Nos correspondió hacer la introducción. Leímos el siguiente texto:

“Uno de mi calle me ha dicho que tiene un amigo que dice conocer a un tipo que un día fue feliz”.

Fíjense con qué poco, con qué escasos elementos, el cantautor catalán Joan Manuel Serrat construye las esencias de su cotidianeidad. La calle, la amistad, la transmisión oral de la información… Y hasta la felicidad.

Seguro que Nicolás González Lemus conoce ese original poema de Serrat, alusivo a una época de su vida y al espacio vital donde se desenvolvió escuchando historias singulares y domésticas que terminó poetizando. Porque Nicolás también creció y convivió en un barrio que ahora robustece con el libro que esta tarde presentamos: La Villa Arriba en el desarrollo de La Orotava, editado por el colectivo cultural La Escalera.

“Porque la poesía es el barrio, o sea, el mundo”, tal como interpretara Antonio Hernández, Premio Nacional de Poesía 2014 y ganador de otros galardones literarios, y allí, en el barrio más antiguo de la Villa, también llamado El Farrobo, Nicolás entendió que la vida es lucha, superación, forja de ideales y aportación constructiva a la colectividad.

Aquel era el núcleo, acaso la razón de ser de cuanto irradiaba, el centro de la geografía, con aroma a pasteles caseros, juegos callejeros, austeridad en las formas y costumbrismo con predominio de la religiosidad, hasta que fueron rompiendo moldes y paulatinamente se fueron registrando avances que transformaron aquel núcleo, principalmente a raíz de la constitución de la asociación de vecinos «24 de junio de San Juan Bautista», un hito histórico, según escribe el autor que rinde tributo al barrio, a su barrio y a su gente, al vecindario, y dentro de este, a las mujeres que encontraron en la asociación y en sus actividades un canal de socialización, “aunque seguían las mayores teniendo todavía reparos para entrar solas a las bodegas”.

Costumbres rígidas, casi leyes no escritas, que tenían un largo recorrido hasta que otros usos sociales ponían un punto final para dejarlas en esa fase de la historia que alguien se encargará de memorizar.

“Creo que no hay mejor forma de contar algo que haberlo vivido”, dice el autor de forma que invita a los lectores a cruzar la calle Pescote y a añorar otras localizaciones, episodios, tradiciones y personajes. Es natural que Nicolás diga que ésta es una crónica muy personal, en la que exalta el carácter familiar de la vida callejera y en la que resalta la “fraternidad vecinal”, independientemente del sustrato ideológico, cultural, religioso o social de los residentes.

“Los vecinos -escribe- estaban llenos de alegría y vivían muy estrechos entre ellos. Existía una cultura de solidaridad, de auténtica vecindad. Los vecinos se ayudaban unos a otros. Las mamás proporcionaban víveres o especias a la convecina de enfrente, o a la casa colindante, para salvarla de apuros. Era una seña de identidad del núcleo poblacional”.

¿Era o no era poesía? ¡Cómo no iba a ser feliz Nicolás en ese hábitat! Una bodega, una panadería, una zapatería, las ventas de ambiente tan sugerente, la carpintería, los chorros de agua para el suministro público, el camión transformado en la guagua del barrio y hasta “el canal de mampostería que conducía el agua al molino”. Por todos esos sitios pululaban personajes populares, comúnmente identificados por sus motes o apodos. Por allí, por el campo de La Garrota, por el barranco, por La Torrita, anduvo González Lemus, testigo -más o menos activo- de la “guerra” entre la Villa Arriba y la Villa Abajo, a la sazón consumidor frecuente de un insólito bocadillo, el que preparaba su madre cuando abría el pan por la mitad “y se lo llevaba al cabrero para que ordeñara al ignorante animal directamente sobre él”. Un bocadillo delicioso -precisa- y una tradición que se mantuvo hasta principios de los años setenta del siglo XX.

No es para dar la razón a quienes afirman que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero con qué poco se conformaban los niños, los escolares y adolescentes de aquella época. Hoy en día ni todos los avances tecnológicos ni la fácil accesibilidad a los bienes de consumo satisfacen como entonces.

Nicolás, con este libro, salda la deuda con el barrio. Es una manera de decir. Es probable que más de un amigo o vecino compañero le pidieran, en cualquier ocasión, que lo escribiera. Cuando la manivela de la memoria echó a andar, todo fue cuestión de rescatar, de contrastar, de verificar y de comprobar que allí había algo más que fundamentos para una aportación bibliográfica, con la que se mitiga un vacío.

Los historiadores tienen que disfrutar cuando se adentran en el terreno del pretérito y del entorno más cercano, es decir, allí donde jugaron, aprendieron, convivieron, sufrieron y crecieron, cubriendo las etapas de la vida para quedarse allí o para encontrar otros destinos en donde hay licencia para la remembranza o para volver de vez en cuando y prolongar la añoranza.

Estas páginas de González Lemus reflejan la personalidad de la Villa Arriba, a la que no es ajeno pues vivió una etapa tan activa y dinámica como la que siguió a la constitución de la asociación de vecinos «24 de junio de San Juan Bautista». Ahí participa de un permanente comportamiento histórico y reivindicativo, de un proceso social y cultural que, en El Farrobo, registra la aparición del recordado Club Tauro y del periódico El Aguijón. Así se enriquecía el destacable pasado histórico de este núcleo poblacional.

“Efectivamente, entre los años sesenta y setenta en muchos jóvenes del barrio se despertó el interés por abrazar una forma diferente de vida, tanto en lo cultural como en lo social”, escribe el autor de La Villa Arriba. Lo hace con cierta ternura, describiendo la percepción y las aspiraciones, tan llenas de vitalidad. Fíjense con qué naturalidad:

“En los sesenta nos dimos cuenta que el mundo, por primera vez y precisamente en esos años, los jóvenes asumimos una identidad que no habían conocido nunca hasta ese momento. La nueva generación estudia (nuestros padres quieren garantizarnos una posición social mejor, por lo que hacen un esfuerzo para que estudiáramos), se hacen reuniones, se lee, se discute, se crean compromisos sociales y políticos -prohibido por el régimen de Franco- , se escuchan las novedades musicales que llegan, sobre todo del mundo anglosajón, se empieza a disponer de algo de dinero, se compran discos. Los Beatles y los Rolling Stones invaden nuestros gustos musicales. El momento lo podría definir como una nueva alegría de vivir, deseábamos vivir de un modo positivo y diferente en un mundo sin guerras ni desigualdades. La nueva generación que compartía la ideología pacifista. Nuestra generación quería participar de un modo activo, construirse a sí misma, determinar su propio futuro y elegir sus propios modelos, sin cambiar los de los adultos, los de nuestros padres, pero rechazando la concepción de la vida”.

“Those were the days” (“Qué tiempo tan feliz”), como nos cantara Mary Hopkin en una balada tan cargada de emotiva añoranza.

Nicolás González Lemus escribe un libro ameno, generacional, el libro pendiente para conocer las entrañas de algunos acontecimientos que ya tienen un soporte documental que los habitantes de la zona y los estudiantes manejarán con el mismo afán que caracterizó a quienes, de siempre, hicieron de la Villa Arriba, un motivación constante o permanente. Está escrito con el rigor exigible al historiador, quien ya sabe lo que es manejar fuentes de primera mano, las vivencias propias, la memoria, algunos escritos conservados durante décadas…, hasta acabar con la descripción de la nueva Villa Arriba, la que ya ha experimentado algunas determinaciones de planificación urbanística, hasta convertirse en una zona residencial más de La Orotava, en un barrio más de los muchos del municipio, donde la individualización -y no es un mal exclusivo- invade la convivencia, precisamente cuando la Humanidad está en soledad, inmersa el huracán de las comunicaciones.

Pero ese barrio tiene su historia, su poesía, su felicidad individual y colectiva, sus rasgos, sus amigos, sus personajes y González Lemus lo ha plasmado en su obra con atractivos suficientes como para que elijamos un poema del escritor uruguayo Mario Benedetti en el que habla de volver al barrio -Nicolás lo ha hecho- y que es válido para rubricar esta aportación. Dice así:

“Volver al barrio siempre es una huida
casi como enfrentarse a dos espejos
uno que te ve de cerca/ otro de lejos
en la torpe memoria repetida
la infancia/ la que fue/ sigue perdida
no eran así los patios/ son reflejos;
esos niños que juegan ya son viejos
y van con más cautela por la vida.

El barrio tiene encanto y lluvia mansa
rieles para un tranvía que descansa
y no irrumpe en la noche ni madruga;
si uno busca trocitos de pasado
tal vez se halle a sí mismo ensimismado/
volver al barrio siempre es una fuga”.

Por eso fueron felices Nicolás y los jóvenes de la Villa Arriba. Además, ya tienen su libro.

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