FIRMAS Joaquín 'Quino' Hernández

OPINIÓN | El bar de Pepe | La Constitución inconstitucional | Joaquín Hernández

En el debate en la radio con la colaboración de una docena de jóvenes, unos universitarios, como todos sin muchas ilusiones, y otros parados con menos ilusiones, se hablaba de “democracia” como el menos malo de los sistemas políticos.

La juventud, los jóvenes a los que ahora les toca, jugando en un tablero amañado, mover ficha lo tienen muy mal, yo diría que, más que mal, fatal.

El problema estriba en la desmoralización que tienen en cuanto al tiempo vivido, al que están viviendo y las perspectiva de un futuro aun peor. A los chicos y chicas de hoy, que  debieran tener mejor horizonte del que nosotros teníamos en el año 1975, se les presenta un porvenir lleno de incertidumbres de todo tipo.

Se encuentran desamparados. En el fondo no tienen nada que temer, en teoría la Constitución les ampara, la justicia les defiende,  la policía les protege, el sistema  les  respalda, todo un montaje perfecto para que acabes tus años de vida, en el mejor de los casos, en un puto asilo de las hermanitas de la caridad, o en una residencia donde un psicópata te inyectará alguna mierda vía intravenosa para acabar “con tus sufrimientos”.

Los popes, los ayatolas, los padres de la Constitución de 1978, igual por la urgencia del tema, para frenar a los militares que estaban sacando los sables, quizás porque creyeron que Franco lo había dejado todo “atado y bien atado”, el caso es que la Carta Magna española ha demostrado su nula credibilidad.

Empezando porque, a diferencia de la mayoría de las constituciones del mundo, la nuestra tiene número par de sus magistrados, es decir el empate le da el voto decisorio al presidente del constitucional, cuando la realidad es que siempre tiene que ser un número impar, nunca se puede producir el empate. Y otro asunto inédito para cualquier constitución de países democráticos es la designación por parte del gobierno de dos de los magistrados que componen el alto tribunal.

La Constitución se ha convertido, para buena parte de nuestros jóvenes y no tan jóvenes, como el libro gordo de Petete. Todos tenemos derecho a un trabajo digno y seguro para todos, a una vivienda para social, a una sanidad pública y gratuita que te sane de tus enfermedades, a la protección con una justicia gratuita, la libertad de expresión y de opinión, una ley laboral que defienda y garantice un empleo estable y remunerado acorde a tus aptitudes, etc. etc. etc.

O sea, nuestra Constitución Española es un panfleto lleno de intenciones que se utiliza a conveniencia de los políticos de turno y que no garantiza una mejor convivencia entre los ciudadanos.

Todos tenemos derecho a todo, pero parece ser que unos pocos tienen más derecho a todo, que todos los demás. La desigualdad es tan grande que el 10% más rico domina el 70% de la riqueza del país, las sucesivas leyes laborales han dado al traste cualquier aspiración de estos chicos a pensar en el futuro, ni siquiera se plantean salir de casa de sus padres, donde se perpetúan sine die, y no es cuestión de que no quieran independizarse, simplemente no pueden hacerlo.

Es lo de siempre, se hacen leyes de cara a la galería, todo es muy ilusionante, todo es idílico y lleno de solidaridad, todo es una puñetera mentira, un montaje perfecto para decir que vivimos en un “Estado de Derecho, demócrata y solidario”.

En los próximos años, antes de terminar la década, se tendrá, lo quieran o no, reformar la Constitución del 78, serán estos, los inconformistas, los antisistema, del 15 de mayo del 2011, los que tendrán en su conciencia redactar unas leyes que tengan contenido, que no sean imposibles de alcanzar, con los pies en la tierra y la mirada en el horizonte.

España tiene que cambiar de sistema, pasar del Estado de las Comunidades a un Estado Federal, donde se recoja la especificidades de cada región. Necesitamos que las pensiones se incluyan en los Presupuestos Generales del Estado, como derecho fundamental, con los aumentos del índice de precios al consumo anual, que sean dignas y que solventen, con dignidad, las mínimas necesidades del pensionista. Que se asegure la universalidad de la sanidad pública en todo el territorio de la Federación, y que ésta cumpla con los objetivos de ofrecer al pueblo rapidez y eficiencia, y así de la vivienda y el trabajo, de la educación y cultura.

De hecho, más que una reforma constitucional, necesitamos una nueva Constitución.

 

 

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