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OPINIÓN | Control total | Agustín Gajate Barahona

El supermercado donde habitualmente compro los alimentos, las cosas de limpieza y lo que necesito para la casa me pidió la pasada semana que compartiera con él mi geolocalización a través del teléfono móvil. Pensé: ¡Eh, eh, eh! ¡No vas un poco deprisa! ¡Sólo llevamos una par de décadas de relación!

Además me lo pidió en un mal momento, cuando estaba en caja e iba a pagar la cuenta con un cheque ahorro acumulado tras aceptar ofertas del supermercado, promociones y sumar diferentes porcentajes de los gastos realizados con de la tarjeta de crédito que él mismo me facilitó, para que también pagara compras en otros establecimientos y por internet. Me sentí como si alguien me pidiera dinero en la cama después de echar un polvo, perdón, de hacer el amor, quise decir; con el agravante de que era la primera vez que me pedía algo así en todos los años que llevamos de relación.

Mi primera intención fue aceptar la propuesta y luego cortar, pero la informática, las telecomunicaciones o lo que fuera me obligaron a pagar la cuenta con la tarjeta y sigo sin haber gastado el cheque ahorro.

Yo pensaba que tenía una relación abierta con mi supermercado, que podía visitar otros supermercados y disfrutar del placer que provoca el alegre consumismo, acceder a otras sugerentes ofertas y promociones, porque todos somos bonitos, pero nadie es perfecto. Pensé, ignorante de mí, que podía querer a varios supermercados y mercadillos a la vez y no estar loco.

Lo que me pide mi supermercado no es una relación formal, que ya la teníamos a través del contrato de la tarjeta de crédito (aunque cambia las cláusulas cada vez que le da la gana), sino que lo que me está pidiendo es exclusividad y que me deje controlar.

Si comparto mi ubicación ¿qué va a hacer cada vez que vaya a otro supermercado? ¿Me va a montar un pollo o me va a hacer una oferta mejor? ¿Me aparecerá en el móvil un mensaje del tipo: No te fíes de esos mejillones, tengo unos mejores para ti, ricos y sabrosos aunque no estemos en un mes con erre? ¿O esos melones no son lo que parecen, no los toques y ven a probar los míos?

Mis dudas se acrecentaron tras llegar a casa y colocar la compra, cuando encendí el televisor: Un experto en cuestiones de pareja estaba siendo entrevistado por el presentador del informativo y advertía del peligro de las relaciones tóxicas y daba una serie de pautas sobre como detectarlas. Afirmaba que si tu pareja te decía como tienes que vestir, aquello era un mal síntoma. Y pensé: ¡Coño! Eso es lo que hace mi supermercado. El experto seguía explicando que tampoco era bueno que intentara cambiar determinados hábitos. Y volví a pensar: ¡Coño! Eso es lo que hace mi supermercado con los hábitos alimenticios. Luego advertía que si tu pareja te miraba el móvil, eso tampoco era un buen síntoma: ¡Y eso era lo que quería hacerme mi supermercado!

También habló sobre los celos y que la mayoría de la gente tiene la percepción de que son positivos y denotan cariño, pero que detrás de éstos se esconde una personalidad insegura, manipuladora y controladora… Y entonces pensé: ¡Mi supermercado me quiere! ¡Qué romántico! ¡Está celoso porque se siente inseguro! ¡Qué lindo! ¡Qué monada! ¡Normal que me pida mi geolocalización! ¡Se preocupa por mí!

Al día siguiente me desperté feliz, porque me sentía querido, protegido… Hasta que fui a mirar mi móvil: Una aplicación que no supe identificar me pedía permiso para acceder a la pantalla, la cámara y el micrófono del móvil. Le dije que no y me asusté. Apagué el móvil y ahora le tengo miedo, ya que es de fabricación china: ¿Estaré en medio de una guerra comercial entre EE UU y la superpotencia asiática? ¿Me permitirán entrar en Tumpilandia con ese móvil o me considerarán un espía?

Desde niño he estado controlado. Y sin necesidad de ningún teléfono, fijo o móvil. Cuando iba a tirar piedras a los lagartos con mis amigos o cogíamos frutas de un árbol, mi madre ya sabía a mi regreso lo que había estado haciendo. Y me regañaba por mi bien, para que de mayor fuera un hombre de provecho. ¿Va a regañarme ahora que soy adulto mi supermercado? ¿Tiene autoridad moral para hacerlo? ¿Voy a empezar a tener una relación tóxica con mi supermercado?

A primera vista, no me gusta el andar de la perrita tecnológica, pero ¿quién sabe lo que nos deparará el futuro? Igual un día me caigo en el monte haciendo senderismo y me localizan y rescatan gracias a la geolocalización de mi supermercado. De momento, voy a tomarme un tiempo en esta relación, porque no quiero asumir tanto compromiso. Y más cuando existen unos magníficos mercadillos de agricultores, ganaderos, pescadores y artesanos, donde acuden con excelentes productos de cercanía y de temporada, y que no quieren controlar la relación, a pesar de ser más tradicionales y no presumir de liberales, como otros, que predican una cosa, pero luego, si dan trigo, seguro que es transgénico.

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