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OPINIÓN | Guardar un secreto | Marisol Ayala

Todos tenemos secretos que no confiamos a nadie. No me gusta ser portadora de secretos; me incomodan porque siempre pienso que la persona que me elige como confidente puede haberlo contado a otra persona y esa posibilidad me angustia. Nunca sé cómo rechazar la escucha sin que se interprete como un desprecio. Creo tener dos secretos que me confiaron hace años y uno de ellos puso punto y final a una vieja amistad. Un secreto aireado en varias orejas es un riesgo que no controlas.

Hay personas cuyo afán de notoriedad les invalida para las confidencias. En mi vida hay tres o cuatro personas que conocen mi vida mejor que yo misma. En ellas deposito lo que nadie conoce. En el mundo de los secretos están los que tu consideras sin mayor importancia, pero para la persona que te lo confía la tiene y mucho. “El secreto que no se cuenta es el que nunca se conocerá”. Es cierto.

Hace unos años una amiga tocó en casa. Le acababan de dar una noticia referida a una enfermedad. Desde que la vi hecha un mar de lágrimas sospeché que algo grave ocurría. Comenzó dejando caer detalles que yo no tenía interés en conocer hasta que acabó contándolo todo.

Hablaba de una enfermedad complicada.

La escuché en silencio sin saber cómo consolarla, en todo caso restándole importancia a la confidencia, sin saber qué decir. Estaba destrozada. Cuando nos despedimos le pedí que no le contara a nadie lo que me había confiado. Insistí. Pasaron los días y para mi disgusto pronto supe que en una reunión de amigos comunes ella misma violó el secreto que afectaba a terceras personas, aportando datos que identificaba sin género de dudas a la enferma.

Como no daba crédito a su indiscreción hice indagaciones.

Aunque el primer impulso fue hablar con ella, no lo hice. Era cierto.

Y la saqué de mi vida.

 

Publicado con autorización de Blog de Marisol Ayala