FIRMAS Salvador García

OPINIÓN | La ovación | Salvador García Llanos

Se fue despacio, como llegó… Leyó con aplomo, fiel a su estilo. Lo hizo sintiendo cada una de las cosas que decía. Era su despedida. Estaba allí para el relevo, para introducir la sesión constitutiva del Parlamento que presidió durante cuatro años, la IX Legislatura. Y para dar paso a la mesa de edad que habría de dirigir tal sesión.

Era inevitable emocionarse, aunque ya hubiera atravesado trances similares. La política curte pero no anula sentimientos, que afloran en determinados momentos.

Entonces, cuando decía adiós y alguna lágrima tercera acompañaba a la que ella a duras penas contenía, empezó a escuchar la ovación, la expresión del reconocimiento a un desempeño en el que no solo brilló la destreza en la dirección de los debates (el buen oficio parlamentario) sino la iniciativa para gestionar actividades que trascendieron, incluso en el plano internacional, y dieron a la Cámara un lustre inusitado.

Escuchó la ovación de sus señorías y del público asistente. Una ovación prolongada. Pero más que eso, la que había brotado desde las entrañas que quieren reconocer un trabajo, una dedicación, la seriedad, la perseverancia…

Allí entendió lo que interpretaba la casa de la ciudadanía y lo que eran manifestaciones a pie de calle para disponer un horizonte compartido, expresiones o definiciones habituales en su discurso parlamentario.

Allí se quedaba la clara, la entrañable transparencia (con permiso de Carlos Puebla) de la mujer que se ganó por derecho propio el respeto y el afecto de todos. La primera que presidió la institución. Hasta eso: tiene su lugar en la historia.

La ovación, señora ovación, se apagaba lentamente cuando optó por salir por una puerta lateral y dirigirse al palco, abrumada, donde seguiría la sesión, ya como espectadora. Despacio, como llegó.

Gracias, Carolina Darias San Sebastián. Hasta siempre.

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