FIRMAS Salvador García

Sindicatos o apéndices | Salvador García Llanos

Discutible, muy discutible el apoyo y la participación de las centrales sindicales Unión General de Trabajadores (UGT) y Comisiones Obreras (CC.OO.) en la manifestación llevada a cabo en Barcelona en defensa de los líderes independentistas que están en prisión. Hasta el eterno debate del número de manifestantes ha quedado en segundo plano o importó menos: aquí lo que se discute es si el explícito respaldo de los sindicatos, en medio de las singulares circunstancias sociopolíticas que caracterizan desde hace meses la convivencia catalana -decimos bien: convivencia aún- debió de materializarse así.
 
Por varias razones. La primera de todas es si la convocatoria responde al sentimiento y al pluralismo de la sociedad catalana. La segunda, en buena lógica, es si las mencionadas organizaciones se identifican ahora con el nacionalismo que todo lo quiere y con la propia aspiración independentista. La tercera, como puede deducirse, es hasta dónde esa presencia activa y esa protesta por los políticos presos pone en solfa y cuestiona las decisiones de los tribunales de justicia.
 
Cierto que la letra y el espíritu de las centrales sindicales y de lo que representan han cambiado sustancialmente a lo largo de las últimas décadas. Nada que ver con el modelo de lucha, con la acción y la estrategia sindical que conocemos. Baste remitirse a las convocatorias del 1º de mayo de años pasados para contrastarlo.
 
Menos se entiende cuando los dirigentes sindicales han procurado su plena autonomía, no ser lo que se decía correa de transmisión de partidos a los que estuvieron históricamente vinculados. Su dimensión internacionalista -algo deben conservar aún- otorgaba todavía una mayor capacidad de desmarque en las causas políticas. Es cierto que las peculiaridades de la pretensión soberanista catalana, fruto de una dilatada labor de penetración en segmentos sociales y de captación de profesionales y cuadros, principalmente en el ámbito funcionarial, han incentivado la identificación con las demandas, sobre todo desde el punto de vista de las emociones y de soluciones ideales o idealistas. Pero la realidad, a pie de obra o de centro de trabajo, es bien distinta: es probable que los dirigentes sindicalistas no hayan reparado en que hay catalanes que quieren la independencia y otros no. Y no perciban el malestar y hasta las deserciones de quienes prefieren mantenerse neutrales o, simplemente, respetar las decisiones del poder judicial. Es probable que muchos que acudieron a la manifestación del pasado domingo hayan estado también en otras convocatorias de fechas anteriores en las que se se reivindicaba la unidad de España o la convivencia sin rupturas.
 
En todo caso, la fractura social es evidente. Y los sindicatos no deben olvidar el gran telón de fondo que obscurece el escenario: si en los últimos tiempos han venido denunciando -también en Catalunya- los abusos y hasta los saqueos del poder político, ahora deberían medir los riesgos que significa convertirse en apéndices del mismo. No se pide que se mantengan indolentes en procesos como el catalán, cada vez más incierto, pero que midan bien los pasos que dan al involucrarse, desde luego.

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