FIRMAS Francisco Pomares

A babor | Hartazgo de política licuada | Francisco Pomares

Lo peor que puede ocurrirle a un partido político no es que pierda el poder o unas elecciones, o el apoyo de un sector de la población que le ha sido afín. En la historia de la política contemporánea, eso le ha ocurrido a todos los partidos democráticos en muchas ocasiones. En política todo lo que sube baja y es muy frecuente que lo que baje vuelva a subir. Por eso, lo peor que puede pasarle a un partido no es perder: es que a sus dirigentes dejen de preocuparles las cosas que preocupan a los ciudadanos, que sus líderes se comporten más como administradores de los bienes y sinecuras que produce la política, que como portavoces de los intereses de sus votantes. Y que además los ciudadanos lo perciban.

Lo más frecuente es que los partidos que llegan a olvidar que su función es representar intereses, valores o inquietudes de las mayorías, en ese punto acaben convirtiéndose en grupúsculos obsesionados con el poder. Grupos minúsculos y patéticos que se desgastan en el ejercicio del poder sin llegar nunca a ejercerlo de verdad, sin influir en nada ni mejorar nada ni cambiar nada, o que se difuminan en la oposición, incapaces de hacer visibles sus ideas y propuestas, quizá porque la única idea o propuesta que tienen es la de mantenerse en el escenario.

Hace años que la ciudadanía no está nada contenta con la política, sobre todo con la forma en que se ejerce la política desde los partidos. Y hace años también que las grandes formaciones tradicionales -las que representan a la derecha, la izquierda, el centro o los regionalismos-, se van disolviendo lentamente, fragmentando el mapa político en opciones y liturgias nuevas y complicando la gobernabilidad de los países y territorios. No es un fenómeno que ocurra sólo en España: más bien al revés. Lo que ha ocurrido es que España ha resistido mejor que otros países la fragmentación de los grandes partidos y la aparición de movimientos populistas que recogen el extraordinario malestar que provoca en la gente la percepción de que la política tradicional no resuelve problemas, más bien los crea, y se ha convertido en una suerte de juego, un artificio casi deportivo para que el poder seleccione el personal que requiere y necesita para seguir perpetuándose.

Cuando en los países había pocos partidos, era mucho más fácil articular mayorías y gobiernos. Era frecuente que esas mayorías acabaran por caer en el turnismo, pero a veces producían avances y compensaciones. Ahora, la política es un catálogo cansino y poco edificante de negociaciones e intercambios interminables que no tienen casi nunca nada que ver con programas o propuestas ideologías, y sí con el reparto de puestos, canonjías y salarios. Lo que vemos hoy a todas horas, lo que los medios repetimos un día y otro, son interminables discusiones en nuestros parlamentos, debates incomprensibles en los congresos de los partidos, declaraciones de los políticos que suenan a galimatías sin sentido, a veces sazonados con grandilocuencias y rimbombancias sobre la legitimidad, la dignidad, los derechos y las libertades. Palabras tan grandes como vacías, que no encierran casi ningún compromiso, porque la política se envilece y pierde todo el sentido cuándo se reduce a un mero discurso enredado sobre ella misma?

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