FIRMAS Francisco Pomares

A babor | La maquinaria del fango | Francisco Pomares

En su último libro, la sátira «Número Cero», publicado poco antes de morir, el sabio Umberto Eco definió la práctica de amedrentar y destruir desde los medios a un personaje público, sembrando la desconfianza sobre sus acciones. Eco construye en su libro un preciso y descarnado retrato de las técnicas de destrucción del adversario que comparten periodismo y poder.

Ocurre que el presidente del Cabildo grancanario (Antonio Morales lleva camino de convertirse en habitual de esta tira) se amparó ayer en Eco para censurar la publicación en el periódico La Provincia de varias noticias basadas en un informe de la Audiencia de Cuentas, que cuestiona distintas prácticas suyas como alcalde de Agüimes. Ya escribí ayer mismo que no parece que el fraccionamiento de algunos contratos sea tan grave como para responsabilizar penalmente a Morales, aunque también es verdad que comienzan a conocerse otras irregularidades descritas en el informe -como el manejo de una contabilidad B de más de un millón de euros- que huelen bastante peor.

No es Morales el primer político señalado en Canarias por su responsabilidad en la comisión de irregularidades -no presuntas, ni tampoco «chorradas», como Morales las califica-, ni el primero que responde con fuego de artillería contra los medios que lo denuncian. Morales ofreció una rueda de prensa en la que acusó a La Provincia y a EL DÍA -que solo muy liminarmente se ha ocupado hasta ahora de él-, de ser «los periódicos del régimen», argumento recurrente con el que ha descalificado a cualquier medio que le haya cuestionado algo -la cadena Ser, por ejemplo- y a distintos periodistas. Morales no se conformó con la rueda de prensa para desacreditar a La Provincia y acusar al periódico de «abandonar la senda de la defensa de Las Palmas», y de «hacer de lobby de tráfico de influencias para tratar de salvar los muebles de su empresa en Canarias». En el mismo tono aprovechó su comparecencia en el programa «El Foco» de RTVC, en cuya productora participa la editora de La Provincia, para calificar al periódico de «mercenario», «manipulador» y otras lindezas similares.

No entiendo el monumental cabreo de Morales, su intolerancia, su ataque «urbi et orbi» contra los medios, ante un asunto de tan escasa enjundia. Pero sospecho que acabaré por entenderlo. De momento, creo que es un comportamiento bastante desproporcionado, una reacción desmedida, que se asemeja sorprendentemente a la feroz reacción contra los medios de políticos realmente afectados por casos de corrupción. Pienso en Esperanza Aguirre, Ignacio González, Bárcenas, o Granados, del PP, en Jesús Gil, alcalde de Marbella, en Xavier Trías, alcalde de Convergencia, en Juan Carlos Monedero, de Podemos, o en Zerolo, por citar uno de los alrededores. Todos ellos fueron durísimos contra los medios que señalaron sus andanzas. Todos acusaron a esos medios de estar al servicio del poder de turno. De aventar porquería por encargo. De hecho, la experiencia demuestra que cuanto más pringado está un político, cuanto más pillado se siente, con más virulencia reacciona «matando al mensajero».

No digo que los medios sean inocentes. Ni mucho menos. Lo que digo es que la mayor maquinaria de fango, es -a mi juicio- la que se fabrica desde los despachos y aledaños del poder político para que el periodismo renuncie a husmear en la corrupción y sus miserias.

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