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A babor | Rescatando a Rodríguez Moure | Francisco Pomares

La historia de José Rodríguez Moure (1855-1936) es la crónica de esos tipos a los que la losa de la muerte condena a un inexplicable olvido: cura de la iglesia de la Concepción en La Laguna, Rodriguez Moure fue, sin duda, una autoridad en la cultura en Canarias, pero hoy solo se le recuerda por el nombre de una calle. Hombre de ideas liberales (que le suscitaron amistades y animadversiones), en la misma línea que Santiago Beyro, fue el primer cronista oficial -en 1909- de la ciudad de los Adelantados, a la que dedicó varios libros, entre ellos, una guía histórica y monografías dedicadas a la Universidad, a la catedral de la Laguna, a los Adelantados, y a Viera y Clavijo, al que admiraba. Buenaventura Bonnet decía que fue el último representante de esa escuela histórica que nació en La Laguna en el XVII con Juan Núñez de la Peña, continuó en el XVIII con el cronista José de Anchieta y Alarcón, y terminó en el primer tercio del XX con el propio Moure.

Historiador, jurista e investigador, el cura Moure logró reunir un fondo documental y bibliográfico sobre Canarias, de inmenso valor, calificado por Rumeu de Armas como el más importante de las Islas, que Moure donó a la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, donde actualmente se conserva en su mayor parte. Regaló igualmente los dos cuadros más antiguos que conserva la Económica: la entrada del obispo Folgueras a la ciudad y el retrato de Agustín Madam, así como varios grabados canarios de gran rareza.

La recuperación de la memoria preterida de este lagunero ilustre comenzó el año 2000, con la edición de ‘Rodríguez Moure y La Laguna de su tiempo’, de Manuel Rodríguez Mesa y Francisco Macías. Sus descendientes, sus sobrinos biznietos y la condesa de Barbate -Pura Delgado-, con el extraordinario empeño que la define y caracteriza, no han parado nunca de revivir a Moure en la memoria del patrimonio humano de la Isla. Doña Pura ya patrocinó en 2015 la reedición del homenaje que la Económica rindió al presbítero tras su muerte, y ahora se ha empeñado en la colocación de un bronce de Moure, obra de Ibrahim Hernández, que se descubrirá esta tarde (coincidiendo con el aniversario del nacimiento del cronista) en la plaza del doctor Olivera, a la entrada de la Concepción. Una iniciativa que ha sido posible gracias a los condes de Barbate, el ayuntamiento, la Cátedra Cultural Viera y Clavijo, la Económica y el Obispado de Tenerife. Un discreto y merecido homenaje a alguien sometido al silencio de la posguerra, que se implicó por salvar nuestro patrimonio documental en una época en que no se le prestaba demasiada atención al valor de los viejos legajos, documentos y papeles.

Leoncio Rodríguez, amigo personal de José Rodríguez Moure, recordaba a su admirado cronista de Aguere: «laguneros, cuando crucéis… …por los aledaños de la vieja torre románica, sombría y hermética en su mudez de siglos, acordaos de que allí están los vestigios de la primera iglesia de la Isla. Y, entre ellos, en aquel trozo viviente de antigüedad y tradición, el alma de Rodríguez Moure?». Redescubrir la obra de Moure y de otros clérigos ilustrados de La Laguna es comprender mejor la ciudad, su pasado y también entender algunas claves de su complicado presente.

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