FIRMAS Francisco Pomares

A babor | Puigdemont en tonto (tres) | Francisco Pomares

Todo el mundo tiene derecho a equivocarse, incluso a equivocarse reiteradamente. Lo que no es de recibo en que después de constatar las consecuencias de un error y otro y otro más, se responsabilice a todos los demás de todo lo que uno hace mal. Para el e president de la Generalitat, el señor Puigdemont, aquí los errores solo los cometen los demás: los comete España, por no permitir un referéndum secesionista prohibido expresamente por nuestra legislación; los comete casi el setenta por ciento de los ciudadanos de Cataluña por no participar en ese referéndum; los cometen más de dos mil empresas catalanas por decidir sacar su sede social de territorio catalán; los comete el Senado español por aprobar la aplicación del artículo 155 de la Constitución, precisamente para preservar la Constitución en Cataluña; los cometen la Audiencia y el Tribunal Supremo, por procesar a quienes se saltaron las leyes de manera reiterada; y los comete ahora la Unión Europea, por no plegarse al juego del señor Puigdemont.

Lo realmente asombroso del señor Puigdemont es que no ve más que la paja en el ojo ajeno, y no es capaz de percibir la viga en el propio: se equivocó en toda la estrategia final del «procés»; se equivocó al convocar el referéndum, con el que no solo no logro legitimar la independencia, sino siquiera proclamarla con un mínimo de coherencia, solemnidad y sentido del ridículo; se equivocó cuando dijo que las empresas apoyarían el camino secesionista emprendido por las autoridades de Cataluña; cuando explicó que el Govern había creado y tenía preparadas lo que definió como «estructuras de país», para avanzar en la construcción de la república catalana desde el minuto uno tras la Declaración Unilateral de Independencia; se equivocó al no evitar la aplicación del 155, negándose a convocar unas elecciones autonómicas para desatascar el entuerto creado, como se le pidió por activa y por pasiva; se equivocó al escapar como un conejo acobardado hacia Bruselas, dejando a su vicepresidente y a la mitad de su Govern ante el riesgo de ser condenados a prisión preventiva para evitar más huidas; se equivocó eligiendo a sus compañeros de viaje en Europa, una curiosa colección de diputados antieuropeos, ultranacionalistas, ultraderechistas, xenófobos, racistas, supremacistas y gente de similar calaña; se equivocó vinculando la candidatura conjunta de los soberanistas en las elecciones del 21 de diciembre a ser de nuevo el candidato a la Presidencia del Govern, un candidato que probablemente no podrá ni votar ni tomar posesión de su cargo hasta que pase por el tribunal que deba juzgarle. Y ahora se equivoca -y como- acusando a la Unión Europea, bajo cuya bandera hizo todas sus últimas comparecencias, de ser un «club de países decadentes y obsolescentes» y pidiendo a los catalanes que voten salir de ella. Ya no les basta salir de España. Ahora hay que salir también de la Unión Europea. El candidato de JuntsxCat y ex presidente de la Generalitat vive ya fuera de España, de la Unión Europea y del mundo mundial, porque se ha situado absolutamente fuera de la realidad: ha llevado a Cataluña al desastre, a su partido a la ruina (pasara de ser el partido más importante de la Autonomía catalana al cuarto partido en las próximas elecciones), y a él mismo a cosechar el mayor de los ridículos jamás alcanzados por político catalán alguno. A un político no se le puede medir por sus ocurrencias, excentricidades y boutades, sino por el éxito de sus propuestas, su capacidad de servir a sus ciudadanos o transformar a mejor la sociedad a la que se debe. Si este hombre no es tonto de capirote, ya me dirán ustedes que es.

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