FIRMAS Francisco Pomares

A babor | Puigdemont es tonto (bis) | Francisco Pomares

Exilio, clandestinidad y resistencia. Lo que le faltaba al «procés» para acabar en el más espantoso de los ridículos se produjo ayer con la huida de Puigdemont y la mitad de su Govern perroflauta a los húmedos pantanales de Bruselas, capital burocrática de la misma Europa comunitaria que le ha dado la espalda. Si el episodio no diera un poco de risa, daría pena: aquí tenemos al héroe que primero declara la independencia y luego la suspende, que negocia convocar las elecciones a cambio de inmunidad, que al final vota la independencia en secreto para que no le acusen de rebeldía, y que luego se va de Cataluña para que no le comuniquen que debe presentarse en la Audiencia Nacional, mientras pide a los funcionarios de la Generalitat que boicoteen las leyes y asuman las consecuencias. En fin.

La huida esperpéntica que en la mañana de ayer protagonizaron el expresident y cinco de sus consellers fue acompañada por una maniobra de camuflaje más propia de Mortadelo que de la célula de heroicos resistentes a la que ayer glosaba arrebolado el diputado-cantante Lluis Llach. Para despistar a los encargados de vigilarle, el president mandó un tuit con foto suya en el Palau (realizada día atrás), mientras cogía las de Villadiego. ¿Y por qué necesitaba despistar? Pues no lo tengo yo muy claro. Para mí que hasta que se le comunique la querella de la Fiscalía, se le cite a declarar en calidad de investigado y los jueces se pronuncien sobre su situación legal, el señor Puigdemont tiene perfecto derecho a moverse libremente por donde se le antoje. Si le hace falta, yo creo que le da tiempo de volver por Girona a coger un táper con su reserva de butifarra confitada y regresar a su refugio flamenco, porque ya se sabe que las cosas de la Justicia son lentas.

En fin, que está muy bien esto de la opereta mística del exilio, era lo que le quedaba por ensayar para remate festivo a los del «Junt pel si», pero tampoco cuela mucho. Ni cuela en Cataluña ni va a colar en Bruselas. No me sorprendería mucho que la tropa de heroicos exiliados expliquen mañana en su Comunicado nº 1 que solo fueron a Bruselas a echarse unas risas y unas «Mandarine Napoleón» con los nacionalistas flamencos, que son los únicos europeos que parecen bailarles el agua bendita de sus delirios. Resulta que los flamencos forman parte del gobierno de coalición belga, pero aún así, una orden de detención de un juez español implicaría la inmediata entrega de los «exiliados» a las autoridades judiciales españolas.

Y es que la figura de asilo -sea diplomático o territorial- no es en ningún caso aplicable al caso de Puigdemont y su quinteto bruselés. El Tratado de Ámsterdam -firmado por todos los países que componen la Unión Europea- no contempla el asilo diplomático a nacionales de los Estados miembros, y la situación del señor Puigdemont y cía no encaja tampoco con la figura del asilo territorial: el «asilo territorial» solo es aplicable a ciudadanos de Estados «no seguros», es decir, de Estados que atentan contra los derechos humanos, no se rigen por las normas del derecho y rechazan en su práctica política y jurídica los principios y valores de la Unión.

Puigdemont y los suyos tienen amigos en el Gobierno de Bélgica, amigos igualmente secesionistas. Pero no basta con estar en un Gobierno para imponer un cambio en el «principio de confianza legítima entre los Estados miembros» que define las relaciones entre los Estados de la Unión. Si quiere un exilio seguro, pueden hacer como Assange: buscarse un consulado y encomendarse a Putin. A ver si tienen suerte.

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