FIRMAS Marisol Ayala

Vericuetos de la vida | Marisol Ayala

Fuente: Blog de Marisol Ayala

Los lectores, al menos los que transitan esta columna, tienen una sensibilidad que a veces comparten conmigo. Me envían textos que guardo sin más intención que disfrutarlos. Son historias, relatos familiares, recuerdos entrañables en los que en muchos casos aparece la figura de un menor. Eva es una de esas lectoras. Hace meses recibí un carta suya que publico hoy puliendo mínimamente su escritura porque esos renglones están plenos de orgullo y compromiso. «Te envío esta carta. Léela con atención», pide. Comienza: «Te cuento. Mi hermana no podía ser madre y quiso adoptar; le daba igual que el niño tuviese un defecto físico, quería tener un bebé a quien proteger. Un día un médico Le comentó que había nacido una criatura con síndrome de abstinencia, herencia de madre toxicómana, a la que sus padres no podían cuidar. El doctor realizó los trámites y con la niña fuera de peligro mi hermana se la llevó a casa. Los padres biológicos, ya curados de su adicción, quisieron saber de su hija pero habían pasado los años, ya era tarde. Había sido dada en adopción. Aun así se presentaron en Menores para que no pusieran obstáculos si un día la niña, su hija, quería conocerles». Tomaron nota y nada más.

«Mi hermana le dijo siempre a la pequeña que ella no era su madre y que cuando fuese mayor si quería podría conocer a sus papás, incluso irse con ellos». La tía le ayudaría. «Quiso el destino que mi hermana muriera y la pequeña se quedó a vivir con mi cuñado que desgraciadamente también falleció joven. En suma, que con 11 años mi sobrina se quedó huérfana. Sin dudarlo mi madre y yo nos hicimos cargo de ella». Cuándo cumplió 18 años fue a Menores y manifestó su intención de conocer a sus padres biológicos. Batalló hasta lograrlo, una vez consultados los adoptantes, claro.

«Curiosamente sin haber visto jamás a sus hermanas biológicas, al verlas se reconoció en ellas. Eran muy parecidas. En esos días nos reunimos las dos familias y partir de ahí nos vemos mucho, todos los domingos. Como te imaginas esos padres agradecen, especialmente a mi madre, haber cuidado de su hija y no poner obstáculo para abrazarla. Ahora mi sobrina tiene un bebé y los abuelos maternos están recuperando el tiempo perdido, pendientes de ella. A mi madre se le llena la boca diciendo que de no haber sido por ellos jamás habría tenido una nieta tan especial».

«Como ustedes», le escribo.

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