FIRMAS Salvador García

Extravagancia galopante | Salvador García Llanos

A los que hemos admirado el vanguardismo, el afán emprendedor de los catalanes, el seny, su universalidad, su ingente creatividad, nos cuesta aceptar lo que está pasando en Catalunya. Si antes del pleno parlamentario de ayer, todos los radicalismos y todos los pasos tan desafiantes como equivocados ya inspiraban una cierta lástima, lo ocurrido en la sesión no solo confirma los peores augurios en el plano procedimental ejecutivo sino que pone de relieve la pérdida de papeles de los promotores de la soberanía, traducida en una intransigencia reprobable que anula casi toda la capacidad de diálogo y revela un larvado totalitarismo. Esa no es la Catalunya que conocimos y respetamos, sino la caricaturesca, la esperpéntica, la del irrespeto a la norma, la de una huida hacia adelante inconcebible, sin freno y al precio que cueste, caiga quien caiga.

Es lo que tiene la exacerbación de los sentimientos. Casi -o sin casi- es rasgo esencial de todos los nacionalismos. Quienes han apelado al diálogo (aunque partiendo de la premisa “la mesa es mía, ¡eh!”) pero niegan la palabra; quienes se han aferrado a la legalidad incluso para reivindicar, o a la historia para tratar de persuadir, pero transgreden reglamentos y utilizan subterfugios al mejor estilo filibustero, han ido convirtiendo el procés en una extravagancia galopante. Con razón ayer, voces autorizadas se llevaban las manos a la cabeza y no acertaban a explicar desde la racionalidad cuando se les pedía una valoración de lo acontecido.

Si el Govern y la presidenta del Parlament creen que así se alcanza el objetivo y punto, están muy equivocados. Así hacen antipática la causa. Van generando rechazo. Esa forma de imponer, no ya saltándose las normas establecidas, sino impidiendo un debate sensato y consecuente, marginando a una buena parte de la soberanía popular reflejada además en una representación plural, es absolutamente inapropiada. Si así empiezan, cómo será lo que se avecina. Y no vislumbremos el final pues terminaríamos espantados.

 Consumado el golpe de Estado, a ver cómo explican ahora que no va a instalarse un régimen totalitario. Aunque sean otras cosas las que probablemente interesen más a los catalanes: desde la suerte de los presuntamente corruptos (por cierto, solo faltó el clan Pujol en la foto final) a la supervivencia o la estabilidad de los funcionarios, desde el gasto farmacéutico a la turismofobia latente y hasta violenta.

Pobre Catalunya: quién la ha visto y quién la ve.

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