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Freno a la turismofobia | Salvador García Llanos

Parece que declina el sentimiento de rechazo al turismo, desatado en pleno verano, al menos en algunas zonas, con evidente preocupación porque estos fenómenos se sabe cómo arrancan pero no cómo terminan. Si la evolución no es bien tratada o gestionada, si no se atajan las orígenes, podríamos estar ante un problema muy complejo de imprevisibles consecuencias. Ojalá se imponga la cordura y se intente paliar el efecto negativo del turismo desde la racionalidad y no desde la agresividad o la violencia.
 
El turismo tiene algunos impactos negativos. Pero no puede negarse que es un sostén muy importante de la productividad económica. En España, números relativos, significa el 11 % del Producto Interior Bruto (PIB) y proporciona empleo a un 10 % de la población. El año pasado, nuestro país cerró el ejercicio con un registro de llegada de turistas de 75,3 millones y un gasto que rondó los setenta y siete mil millones de euros. Está claro que España, en el plano internacional, ocupa un lugar destacadísimo, turísticamente hablando.
 
En efecto, la evolución de la actividad turística se traduce en beneficios para el país y para el sector. Ha sido determinante para ir saliendo de la crisis y ha sabido aprovechar distintas coyunturas internacionales.
 
Pero, como es natural, se ido gestando un cierto rechazo en determinados destinos, sentimiento cuya capacidad de contagio es verdaderamente inquietante. Claro que hay que distinguir entre dos situaciones: una, cuando se constata un cierto equilibrio entre las comunidades nativa y visitante, casi hasta producir una cierta fusión o una convivencia natural tendente a la integración. Entonces, se da una clara apreciación de los beneficios por parte de los residentes que termina ignorando o sobrellevando los efectos negativos. La otra: hay una capacidad de carga en todo destino turístico. Al superarla, se nota y se padece los problemas derivados. Ahí radica la génesis del rechazo. Y entonces, hay que hacerse cargo de lo que inspira esa actitud y de la necesidad de corregir lo que sea para superarla.
 
Algunos destinos están viviendo por primera vez lo que se conoce por turismofobia. Eso significa que hay que gestionar un problema que puede alterar el negocio y todo lo que lo envuelve. Teóricamente, a nadie le interesa que los operadores terminen desviando contingentes de visitantes. Algunos ya plantean la necesidad de combatir la saturación turística mediante fórmulas teóricamente encaminadas -entre ellas, la distribución de viajeros a lo largo del año- al equilibrio que evite situaciones rupturistas. El papel del empresariado en este sentido es fundamental.
 
El caso es que no se trata de un asunto baladí. Por lo tanto, como puede rebrotar en cualquier momento y en cualquier lugar, hay que abordarlo con mucha racionalidad y con una marcada vocación de no producir más compolicaciones. Hay mucho en juego, claro que sí. Y en algunos sitios ya son conscientes de lo que cuesta recuperarse en el mercado después de padecer alguna crisis. La congestión de turistas, las primeras expresiones de rechazo, requieren de una toma de conciencia: hemos pasado de cuidar el turismo casi hasta el mimo, para ganar cuotas de mercado y fomentar inversiones, empleo y consumo, a contrastar cómo tantos visitantes se convierten en un trastorno y hasta en una alteración del orden y la convivencia.
 
No es exagerado decir que es un asunto de Estado. Por lo tanto, administraciones, organismos y agentes privados tienen la obligación de estudiar y proponer soluciones. Antes que el éxito, tantos récords, termine liquidado.

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