FIRMAS Francisco Pomares

A babor | Racismos de aquí y de allá | Francisco Pomares

La salvajada nazi de Charlottesville y -más aún- la tibieza de Trump al condenar una manifestación asesina que se ha cobrado tres vidas han vuelto a poner sobre el tapete la delicada relación entre racismo y política. La mayoría de los españoles creemos que no es el nuestro un pueblo especialmente contaminado por el racismo, esa enfermedad del espíritu humano que suele provocar brotes epidémicos en sociedades donde distintas etnias conviven sin mezclarse. Se suponía que la cultura, el cosmopolitismo y los procesos migratorios debían reducir el componente xenófobo de nuestro ADN social. Pero no es eso lo que ha ocurrido en la mayor parte de los países europeos. En los últimos treinta años, el racismo se ha convertido en uno de los problemas más graves a los que ha de enfrentarse Europa. Y en muchos casos ha servido para empujar la eclosión de fuerzas políticas claramente xenófobas que hoy respaldan sectores importantes de la población en hasta dieciséis países de Europa. Nos decimos que en España no pasa nada, y no es cierto. En 2016 fueron más de medio millar los incidentes racistas comprobados y documentados por el informe Raxen. Y eso sin entrar a valorar el impune desparpajo con el que se mueve en las redes el discurso del odio. Es verdad que hemos conseguido escapar a la traslación de la xenofobia en votos políticos, aunque nuestra nación de naciones pelea su propia lucha interna y sostiene un racismo de interior de algunos españoles contra otros. Ocurre sobre todo en Cataluña y el País Vasco, pero ya no es infrecuente encontrar respuestas asirocadas en muchas otras regiones. La turismofobia -un fenómeno más cercano a la voluntad de preservación cultural y con raíces sociales ajenas a las tradiciones del racismo- contiene en sí misma una atracción muy peligrosa, que es la de enredarse en el odio al de fuera. Pero no nos engañemos: el racismo de hoy -más allá del racismo arianizante, antisemita y militante de estos nazis del poder blanco y la nueva hornada- tiene mucho menos que ver con el color de la piel que con el estatus social del extranjero. No son frecuentes las manifestaciones racistas contra un jugador de fútbol, un campeón deportivo, un cantante de éxito, un empresario de Wall Street o un jeque árabe. El extranjero al que se rechaza hoy en toda Europa no es al hombre de un color distinto al nuestro, sino al pobre, al trabajador irregular, al indigente, a la mujer de la limpieza que se quedó sin empleo y cobra una ayuda social o a la familia siria -tanto da que sea musulmana o maronita-, a la que hay que hospedar y mantener con nuestros impuestos.

Nos rompemos el pecho vociferando contra el nuevo nazismo americano, contra la miseria del presidente payaso o la estúpida ignorancia que hizo que la mitad de los ciudadanos USA le votaran. Pero Europa no está en absoluto libre de pecado, ni mucho menos: Alemania se ha pasado Schengen por el arco de triunfo, Austria ha construido una valla con Eslovenia, como las que separan Ceuta y Melilla de Marruecos; Francia controla la entrada de quienes no son blancos por fronteras y aeropuertos, vengan de donde vengan. Y Noruega la imita en los puertos. Dinamarca ha aprobado leyes para quedarse con todos los bienes que traigan los inmigrantes ilegales, Alemania frena la reagrupación familiar de los refugiados y España aplica un pacto antiyihadista que permite a la policía tratar a todos los musulmanes como si fueran delincuentes.

Está bien indignarse en Twitter por la impunidad de los brutos, escribir inflamados comentarios contra Trump en la red o votar contra el racismo en Change. Pero, además de ese compromiso virtual, no estaría de más que miráramos un poco nuestro propio ombligo europeo.

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