FIRMAS Francisco Pomares

A babor | Genocidio | Francisco Pomares

El profesor García Ramos, presidente del Partido Nacionalista Canario y diputado por Coalición, ha propuesto en el Parlamento que los museos de las Islas habiliten salas sobre la colonización de las Islas por los europeos, en las que se presenten las dos visiones que hoy conviven sobre la Conquista: las que la presentan como un genocidio (programado o no) del pueblo guanche, y la que plantea que la Conquista, aparte de sus hitos militares, supuso fundamentalmente un proceso de integración de la sociedad aborigen en la europea, que supuso la aculturación de las poblaciones locales pero no su exterminio físico. La propuesta de García Ramos es respetable en cuanto defiende ofrecer a los ciudadanos las dos versiones de esta historia. Pero quizá -sin que eso la desacredite- responde más a preocupaciones ideológicas que a un dilema con verdadero fondo científico, algo que -en realidad- no existe ya hoy.

Porque, al contrario de lo que a veces se nos dice desde los púlpitos más radicales, la Historia no es una verdad inmutable, sino un fruto más del consenso de las sociedades, en cada momento. Por supuesto que la Conquista fue allanamiento, abuso y liquidación. La sociedad aborigen fue devastada primero por la maquinaria de guerra de los conquistadores y después por la imposición de una cultura del Renacimiento sobre una del Neolítico. Ocurrió en Canarias y después en América y más tarde en África, en parte de Asia y en Oceanía. Así se ha forjado el presente, sobre el allanamiento y el despojo de las culturas más débiles. Pero el recuerdo de aquellas hazañas y aquellas crueldades, que hoy nos resultan intolerables, no puede ser excusa para convertir a los pobladores de las Islas en un pueblo irreal de jipis bucólicos, o de superhombres altos y rubios, y mujeres de ojos negros y tez morena que resistieron numantinamente y sin fisura alguna al invasor. El hecho es que una parte muy importante de los aborígenes se alió al conquistador, y otra aún mayor, tras ser derrotados sus menceyes y guerreros, se puso bajo la protección de la Corona y acabó aceptando sus normas y leyes. Eso ocurrió en todas las Islas, especialmente en Gran Canaria -cuyos indígenas participaron con los castellanos en la toma de Tenerife-, y también en el Sur tinerfeño, donde los guanches forjaron una paz que no fue traición. Y luego está el rol de las mujeres guanches cristianizadas y entregadas en matrimonio a los castellanos. Algunas -las leyendas hablan de Tenesoya o Dácil, pero pudieron ser legión- tuvieron un papel destacado en la construcción de las nuevas alianzas y equilibrios. Su linaje pervive en el ADN mitocondrial de al menos un millón de canarios. Es la de ellas una historia en la que intervienen la pérdida, la resignación y el sacrificio, pero también la pasión, el cálculo y la constancia para construir lo nuevo, la sociedad mestiza. Es, desde luego, una historia universal, y en ese sentido, actual y muy cercana, nos revela que son las mujeres las que tejen el futuro.

Por eso, lo que nos cuenta la historia de la Conquista -desde la percepción de hoy- se nos antoja y revela como algo que no fue solo la mitología que vieron nuestros propios antepasados, ni este genocidio ahora de moda, que no encaja ni con la genética de una población «hija de mil leches», ni con los vestigios de lo guanche en la ganadería, la alimentación o la toponimia. Es la historia real, porque así lo creemos, de una cultura que fue extinguida y que, sin embargo, nos resulta extraordinariamente próxima y cercana. No solo por razones de sangre o de herencia, sino porque es portadora de nuestra común humanidad.

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