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La necesidad de un gran pacto por la Sanidad. Por Antonio Alarcó

Es evidente, y nadie con conocimiento lo discute, que tenemos uno de los mejores Estados de Bienestar del mundo. Esto es debido a que este país y los españoles nos hemos sabido blindar como ciudadanos con este sistema eminentemente europeo. Todos nos debemos sentir orgullosos.

Y dentro del Estado de Bienestar, uno de los tres pilares básicos es la sanidad, reconocida como una de las tres primeras del mundo. La sanidad, y dentro de ella algunos parámetros como los trasplantes, es la auténtica marca España, y un factor de cohesión interterritorial único e insuperable.
También es verdad, con nivel de evidencia, que una vida no tiene precio (concepto moral de todo bien nacido) pero la sanidad tiene un coste, y es limitado. Por eso es demagógico decir que puede haber de todo para todos todo el tiempo. No existe.

En este Estado de Bienestar del que nos hemos dotado, nos gastamos por encima del 62 por ciento del presupuesto nacional, siendo el más alto de la historia de nuestro país para tal noble menester. Por todo ello nos parece oportuno clarificar que la palabra gratuita no es baladí ya que la sanidad es de financiación pública, que no significa gratuita. Y también decir que la salud es un derecho para el 20 por ciento de la población mundial. Por lo tanto estamos en la parte del mundo más privilegiada.

Sin duda, uno de los mejores modelos sanitarios del mundo es el español, con los mejores profesionales que existen, y no es nada chovinista sino real. Debemos consensuar las carteras de servicios universal, consensuada y concentrada para todo el territorio nacional y dentro del Distrito Único Europeo.

Los países signatarios de los Tratados de Maastricht la modificación de Ámsterdam y el Tratado de Lisboa, en los que tuvimos la oportunidad de participar activamente, dice con respecto a la sanidad que esos países signatarios tendrán una sanidad pública de financiación pública y una provisión de servicios libre: es decir, que lo haga quien sea mejor con un sistema de acreditación europeo. No se puede privatizar la sanidad, aunque parece que a algunos les gusta usar una demagogia producto del desconocimiento pero con el objetivo de criticar algo sin fundamentado y practicar el populismo que aquí no tiene cabida. Ahora bien, la sanidad pública, privada y concertada está llamada a entenderse. Son complementarias, porque solo existe una sanidad; la buena, independientemente de donde se dé.

El centro de la sanidad debe de ser el ciudadano (el paciente) y todo debe de ser alrededor de los mismos, produciéndose un cambio de sentido ya que antes era el profesional. Eso hoy en día no es así, ni en la evidencia tampoco.

Siempre hemos respaldado la sanidad pública en donde llevamos casi 40 años, pero tenemos que hacerla todos más sostenibles. En nuestro país hemos apostado por un modelo de transferencia a las Comunidades Autónomas, por lo tanto tienen la responsabilidad de planificar dentro de una cartera de servicios universal, de forma correcta, con gestión profesional.

Solo se debe hacer en Sanidad lo que evidentemente está demostrado. Es la medicina de la evidencia. Por tanto la buena voluntad es iluminada y no tiene  ninguna cabida. Si no tomamos medidas, una cartera de servicios universal clara y transparente, y buscando la complicidad de los ciudadanos, podemos llevar a nuestro sistema a “griparse”, y eso sería irreversible, y no deberíamos arriesgarnos.

Debemos mimar “el sistema”. El necesario control del dinero público y la propia evidencia hace necesario planificar el gasto de manera correcta, pero la sostenibilidad de este servicio ha de quedar asegurada. Cierto es que no puede haber de todo para todos durante todo el tiempo, pero también lo es que debemos mejorar en todas las facetas que colaboren a la gestión.

La sanidad del siglo XXI ha de ser personalizada. La implicación de los ciudadanos es una necesidad objetiva del sistema para asegurar el mejor acceso a los bienes sanitarios, por lo tanto es imprescindible la divulgación en los medios de comunicación (no propaganda) para conseguirlo. Es más, no existe buena sanidad sin los medios de comunicación. Sin duda, los factores demográficos, las nuevas tecnologías y la medicina de la evidencia someten al futuro a grandes responsabilidades presupuestarias.

Todo esto nos lleva a afirmar que sin un PACTO POR LA SANIDAD comprometido, transparente y con la complicidad de todos, incluidos los ciudadanos, podemos poner en riesgo uno de los pilares básicos del estado de bienestar. Merece la pena buscar ese gran consenso, donde las ideologías, una vez definido el modelo, tienen poca cabida.

No hagamos política con la sanidad, y sí política sanitaria.

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