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Tus enemigos son mis amigos; una técnica equivocada. Por Antonio Alarcó

Se define la amistad como una relación afectiva entre dos o más personas. La amistad es una de las relaciones interpersonales más comunes que la mayoría de las personas tienen en la vida, y se pueden dar en distintas etapas de la vida, al igual que su grado de importancia, y todo se basa en un sistema de confianza y lealtad.

Nace cuando las personas encuentran inquietudes comunes, llegando incluso a los pocos minutos de relacionarse y otras que tardan mucho más tiempo en asentarse, pero muy pocas las que duran toda la vida. Solo las auténticas.

Pero en política me viene a la memoria la frase de Abraham Lincoln; «la mejor forma de destruir un enemigo es hacerlo mi amigo», extremo severamente utilizado y escudriñado por muchos en este mundo apetecible para los avariciosos y ansiosos de, por desgracia, poder por poder.

Es muy triste apreciar como en estos tiempos que nos toca transitar de forma voluntaria, nos encontramos comportamientos, hay que decir que minoritarios, que tienen dependientes de la responsabilidad de quien la ejerce, episodios de deslealtad y traición que afectan a las organizaciones de manera clara y negativamente.

Este tipo de comportamientos se asientan generalmente en personas inseguras que se escudan en la mentira y la falsedad para supervivir de forma temporal en ciertos ambientes que creen que le pueden ayudar en objetivos a alcanzar.

Tras algunos años en este mundo de la política, en el que estamos por compromiso social, por vocación de trabajar por y para los demás, y por vocación de servicio público, practicando el humanismo activo, hemos aprendido que merece la pena ser honrado, leal y decir siempre la verdad aunque perjudique.

El pasar de los años nos hace más sabios y la experiencia es irremplazable porque la política es la vida en general, en donde no debe tener cabida ni dar pábulo a personajes tóxicos que con su contaminación hacen daño a esta noble actividad. Tenemos el deber entre todos los partidos políticos, de aislarlos y no darles alas a sus ansias de poder sin justificación.

Esa embriaguez de poder les lleva a perder la realidad de lo que sucede en la calle, en el día a día, y puede que se olviden incluso del primer motivo por el que dio el paso para ganarse la confianza de sus vecinos y vecinas para que sea su representante público. Tristemente es así.

Hemos conocido, por desgracia, algunos casos que nos ha tocado vivir en muchas facetas de la vida donde el infortunio del creerse superiores hace que se malogren objetivos nobles en organizaciones. Pero les aseguramos que estas personas no son felices, y ese es uno de los objetivos de toda persona; Ser felices con lo que hacemos.

No es la primera vez que nos pueden leer o escuchar asegurar que en la actualidad existen más ansias por destruir que entre todos buscar soluciones constructivas. No seremos nosotros los que critiquemos algo sin antes poner nuestro granito de arena, si así lo estimamos oportuno. No vivimos de la política. No.

Quizás sea ese el motivo por el que somos capaces de ver más allá de las siglas que cada uno representa, o cree representar cuando en realidad a quienes nos debemos son a los ciudadanos y ciudadanas que nos han colocado en ese puesto de una manera temporal, algo que no todos tienen claro.

Nosotros hacemos política como operamos. Seriamente. A veces nos equivocamos, otras veces acertamos, pero nunca la practicamos de manera negligente.

La confianza de los ciudadanos está representada en la mano que nos tienden en las urnas, y el brazo es lo que algunos y algunas entienden de su propiedad, faltando el respeto y resquebrajando cualquier atisbo de credibilidad a la política desde la calle.

La misión de la clase política es solucionar los problemas de los ciudadanos y tristemente hoy estamos siendo una causa de problemas que debemos remontar entre todos, por lo que debemos exigir comportamientos éticos dentro de las organizaciones, y también hacia fuera, y aportar valor añadido a la política como tal, no que la política sea el valor fundamental.

Las personas hacen a los cargos, y no al contrario. Un principio que deberíamos tener todos claros.

Nuestro objetivo son los ciudadanos, independientemente de su condición económica, ideología, sexualidad y religión, etc.

No hay nada más importante en la vida que dedicarse a los demás. Si no existieran los demás, nuestra existencia estaría vacía. No merecería la pena. Para nosotros la política es eso, y les aseguramos que merece la pena porque la satisfacción del deber cumplido es la mayor satisfacción.

Antonio Alarcó es Portavoz del Partido Popular en el Ayuntamiento de La Laguna y Senador por Tenerife

 

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