FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Otra oportunidad perdida. Por Francisco Pomares

La elección de Ana Pastor como presidenta del Congreso es otra oportunidad perdida para un gran pacto nacional: al margen de las cualidades para el puesto de la exministra o de la absoluta legitimidad del apoyo de Ciudadanos a su candidatura (por cierto, qué mal lleva Pedro Sánchez lo de perder, y eso que debería estar acostumbrado), lo que se pone en evidencia con la ajustada elección de la señora Pastor es la imposibilidad para el acuerdo que se ha instalado en la política española. La voluntad de pulso y confrontación domina hoy la política nacional.

El mensaje es claro: antes de optar por un acuerdo que facilite la vida política española, una negociación razonable de la necesaria abstención socialista en la investidura de Rajoy, a cambio de ofrecer a la leal oposición presidir la Cámara que ha de controlar al Gobierno, Pedro Sánchez y Rajoy siguen enfrascados en su guerra sin cuartel, en la que no hay mensaje alguno de conciliación o perspectiva de acuerdos. El espectáculo de desprecio indisimulado, tacticismo ramplón y mera matemática parlamentaria nos ofrece la visión de una política reducida a la bronca, cada día más empecinada en quemar todos los puentes. Resultado: una Presidencia del Congreso elegida hoy por la minoría mayoritaria y un Gobierno elegido mañana con apenas el respaldo de los 137 diputados del PP, o 138 si Coalición decide finalmente sumarse a la investidura. Rajoy ha optado por abrir una XII Legislatura probablemente corta, y en la que no habrá ni mayorías ni talante para hacer frente a los grandes problemas. En cuanto a Pedro Sánchez, su proyecto personal fracasó el mismo día que Pablo Iglesias decidió no votarle como presidente, hace apenas unos meses, aunque más parece que tal cosa ocurrió en la prehistoria. Es sin duda responsabilidad de Podemos que Rajoy vaya a seguir gobernando este país. Pero decirlo cien veces ya no conduce a nada…

Ante la nueva situación creada por los resultados del 26 de junio, se imponía la colaboración entre las fuerzas políticas comprometidas con el marco constitucional, y leales con la ciudadanía y el país. Pero… ¿Dónde están esas fuerzas políticas? Rajoy se ha sentado gallegamente en la puerta de Moncloa a ver pasar a sus enemigos derrotados, convencido de que no hacer nada acabaría por convertirle en tuerto en un país de ciegos, como efectivamente ha ocurrido. Rivera, asustado por el efecto electoral de sus devaneos con la izquierda, dio otro de esos triples saltos mortales tan vistosos que definen su forma de hacer política. Y Pedro Sánchez ha optado por reintentar hasta el absurdo la fórmula imposible de un Gobierno de izquierdas, no porque eso sea lo que necesita hoy un país que giró hacia la derecha, o porque sea lo que quiere su partido, sino porque sabe que es la única opción que tiene para seguir pintando algo en ese campamento sarraceno en que se ha convertido la vieja casona de Ferraz donde murió el fundador del PSOE, Pablo Iglesias Posse.

En fin… la política sigue acumulando oportunidades perdidas, enmarañada en su propia lógica enajenada de las realidades y problemas cotidianos. Ni un momento de sacrificio o grandeza, ni una apuesta por la concordia, ni un milímetro fuera del cálculo de líneas rojas autoimpuestas. Esto es teatro del malo: una representación sin sorpresas, un guion espantoso, unos actores deplorables, anodinos, sin talento ni gracia alguna. Y nosotros pagando la función.

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