FIRMAS Salvador García

¿Dónde los límites? Por Salvador García Llanos

El reciente debate de investidura ha servido para contrastar los cada vez más difusos límites entre la política y el espectáculo, al menos por lo que a alguna formaciones políticas respecta, muy proclives al impacto mediático, sean cuales sean los gestos y sin importar, incluso, la utilización de bebés. Es como si un espacio tan solemne como el Congreso de los Diputados fuese la prolongación de un plató o escenario televisivo donde, hombre, no es que todo esté permitido, pero casi; donde hay momentos -que llaman momentazos- y situaciones insólitas, hilarantes, insospechadas…

Pero el periodismo no está exento y también cabe preguntarse dónde comienza éste y dónde deriva al espectáculo en el que lo convierten algunos protagonistas, no ya en magacines, ‘realities’ o programas del género considerado ‘telebasura’, sino en espacios donde se supone que profesionales de la comunicación están llamados a debatir y confrontar criterios de forma civilizada y rigurosa pero que, guiados por un no-se-sabe-muy-bien qué extraño sentido o interés, terminan agitando el ambiente hasta degradarlo y cansar al espectador que no parece dispuesto a soportar un patio de colegio más. Gesticulan de forma inadecuada, gritan, alborotan, no respetan los turnos, interrumpen a menudo, superponen las intervenciones o hablan a la vez hasta hacer ininteligibles las aportaciones.

El periodista Joaquín Mouriz, especializado en comunicación corporativa y distinguido como mejor comunicador en la convocatoria de 2011 de los Premios Internet, hace un análisis muy crítico de esta situación tan poco edificante: «Hoy en día, salvando escasas excepciones, que a mi entender son islas donde se refugia el periodismo en estado puro, proliferan los periodistas mediáticos que aprovechan la credulidad de la gente para lanzar mensajes de muy dudosa veracidad, obvia carga de intereses personales o empresariales y nulo trabajo de documentación. Eso sí, amparados en una expresión que mola mucho «Periodismo de investigación».

Sostiene Mouriz que estos programas, especialmente algunos televisivos, ni siquiera dependen del área de informativos sino que se crean por productoras ajenas al canal y basan su supervivencia o continuidad en los índices de audiencia antes que en el rigor del trabajo periodístico realizado. Es decir, hay que sacar un producto, cuanto más hetereodoxo y ruidoso, mejor. Es lo que vende. O debe vender.

«Eso sí -escribe Mouriz- ponemos una cara conocida por delante para darle credibilidad y listo, problema resuelto, porque el oficio y la experiencia del manipulador, por un lado, y la credulidad del espectador por el otro, terminan de hacer el pan con dos tortas».

Diferenciar escrupulosamente información de opinión y evitar sesgos o manipulaciones intencionadas para propiciar efectos tendenciosos son máximas inexistentes o no tenidas en cuenta por algunos intervinientes a los que da igual precipitarse en alguna adjetivación o valorar los hechos aún a sabiendas de que no son del todo ciertos. Por supuesto, de rectificar, nada.

Así, van acumulándose episodios de composturas perdidas, de réplicas y revanchas, de derivadas expresivas hacia redes sociales -donde el descontrol es ya absolutamente manifiesto y el grosor de la terminología denigtratoria se puede aumentar a conveniencia- que traspasan los límites del buen y riguroso periodismo para adentrarse en el terreno del espectáculo donde todo puede suceder pero no se gana respeto ni credibilidad.

Autocrítica y códigos deontológicos cumplidos a base de bien, indispensables para fijar los límites o poner las cosas en su sitio.

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