FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Sorpasso. Por Francisco Pomares

Hecho: entre broncas y bromas, esa izquierda leninista que un día te unta de cal y al siguiente se parte de risa y hace chascarrillos con sus besos ha logrado impedir un acuerdo progresista en el Congreso de los Diputados. Ahora volverán a marear la perdiz con nuevas negociaciones, más líneas rojas intransitables por los socialistas, más debates en televisión y -cada vez que se aventure la posibilidad de un acercamiento- nuevas humillaciones lanzadas a la cara del PSOE. Porque el objetivo de Podemos -el de la izquierda radical a lo largo de la historia- ha sido siempre ocupar el espacio de la izquierda moderada. ¿Es eso políticamente censurable? En absoluto: todos los partidos tienen el derecho y la obligación de intentar conseguir la mayoría. El politólogo Iglesias, lector apasionado de Maquiavelo y Gramsci y teórico académico del empoderamiento social, quiere ocupar el espacio político tradicional de la socialdemocracia, y eso es legítimo. Incluso lo es que lo quiera ocupar para hacer una política no socialdemócrata. La cosa es que la historia suele demostrar que en Europa sustituir a la socialdemocracia solo conduce en dos direcciones: a.- gobiernos de derechas, y b.- Tsipras, sacrificios, descrédito de la izquierda en el Gobierno y luego gobiernos de derechas otra vez.

A ese tipo listo, brillante y desparpajado que es Pablo Iglesias, no le gustaba hasta hace poco aplicar los «viejos» conceptos de izquierdas y derechas, lo suyo era hablar de los que están abajo y los que están arriba. Su proyecto era un proyecto surgido del 15-M y vertebrado en esos círculos podemitas de los que no hemos vuelto a saber nada desde que él entró con su espectáculo en el Parlamento. Porque lo que tienen Iglesias y sus colegas de la Complutense en la cabeza es el diseño tradicional de los partidos leninistas: un discurso rupturista, hiperprogresista, casi libertario, y una práctica autoritaria hacia dentro del partido (véase el patético mentís de la alcaldesa Carmena a su petición de apoyo al PSOE) y hacia los poderes del Estado, a los que se quiere usar no como instrumentos de la democracia, sino de la ideología. Si no estuviera tan pasado de moda, podría decirse que Iglesias aplica el manual del perfecto comunista, pero con dos vueltas de «tuerka»: porque una hora de Pablo Iglesias en La Sexta haciendo tropos y gracietas vale cien mil votos. En resumen: Podemos es política hecha en nombre de los de abajo (como la que hacen todos) por un grupo de los de arriba que no cree en esas tonterías como la democracia formal y el respeto a la disidencia que Lenin calificó como enfermedades infantiles del izquierdismo, en uno de sus catecismos más influyentes.

Iglesias y los suyos son, pues, leninistas. Pero leninistas 3.0, enchufados a la red y que manejan la tele como expertos. Son gente de izquierdas, haciendo populismo de izquierdas y aplicando las técnicas tradiciones del centralismo democrático para construir un partido de izquierdas, férreamente controlado y con vocación de llegar al poder al precio que sea y no soltarlo. Es una fórmula que no se veía en el patio público español desde que los «troskos» y los «maos» se retiraron de la escena para ganarse la vida como curas, diseñadores o cocineros. Con el agotamiento del PSOE y la inanidad de IU, cada día más cerca de suicidarse entregando su millón de votos al besucón Iglesias, lo que nos espera después de estos meses es el escenario del sorpasso. A menos que la gente se sature de tanto teatro, o Garzón aguante, o las mareas se asiroquen con Iglesias. Lo sabremos en breve. Porque en tiempos de Lenin no se hacían encuestas. Ahora sí.

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