FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Poligamias. Por Francisco Pomares

Con tanta mayoría absoluta o suficiente, a la política española se le fueron olvidando otros hábitos muy saludables, como el consenso o la poligamia política. No voy a decir a estas alturas nada nuevo sobre la práctica del consenso, que ya ha tenido legiones de defensores desde que su uso discrecional nos sirvió para aprobar y desarrollar la Constitución del 78. Pero si queremos dejar algún día el limbo de los gobiernos en funciones, y el espectáculo esperpéntico de los mamoneos twiteados entre partidos, la política española debería empezar a acostumbrarse a la hoy denostada poligamia. Es una práctica desterrada de la mayoría de las sociedades humanas modernas, pero yo soy firme partidario de su inmediata recuperación, en cualquiera de sus vertientes, poliginia -hombres matrimoniados con dos o más mujeres- o poliandría, que es cuando una señora se casa con varios señores. Es verdad que mucha gente no estará de acuerdo con mi razonamiento (mi propia es la primera que no entiende las altas razones políticas y filosóficas que lo inspiran), pero el rechazo a la promiscuidad sacramentada no existió siempre: de las casi 1.200 sociedades que estudió el antropólogo George Murdock en su «Atlas etnográfico», la poliginia es aceptada en 850 de ellas, casi las tres cuartas partes de las culturas humanas. Visto lo visto, no entiendo demasiado los ascos que Pablo Iglesias hace a un pacto en el que haya que revolcarse un poco con Pedro Sánchez y otro poco con Albert Rivera, que son dos tipos aparentemente muy limpitos y con su aquel. Y tampoco entiendo los ascos que hace Sánchez a participar con Rivera en un triángulo amoroso con Rajoy. O con la señora Sáenz de Santamaría, por eso de reivindicar la poliandría.

La política española necesita urgentemente más dosis de imaginación y sentido de la aventura: a estos tipos que desde hace una década nos atropellan con impuestos, nos acongojan con miedos recurrentes y nos regalan sus malas caras, se les ha subido la solemnidad a la cabeza. Se toman ellos mismos demasiado en serio, y no entienden que la mayor parte de los del común lo que queremos es que se pongan de acuerdo, renunciando a todo lo que no sea absolutamente irrenunciable. He revisado el programa conjunto del PSOE y de Ciudadanos y no he encontrado nada que Podemos no pudiera aceptar. Frente a la falsa hiperideologización que caracteriza y define a los partidos hoy, yo reclamo más dosis de contaminación ideológica, más intercambio de fluidos entre progresismo y conservación, entre izquierdas y derechas, más mezcla, más mestizaje. Sigo creyendo que en la política debe haber propuestas diferentes, porque las personas somos diferentes, creemos cosas diferentes, consideramos soluciones diferentes a los mismos problemas. Pero cuando la democracia no resuelve en las urnas el problema de quien debe gobernar con mayorías viables, la política debe bajar el listón de la diferencia y buscar aquello en lo que creemos (casi) todos, para encontrar lugares comunes. La causa común de una política sin prejuicios ni líneas rojas. La cama (con perdón) en la que la política de este país pueda sacarnos de la crisis y recuperar sus fuerzas y el respeto de las mayorías.

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