FIRMAS Marisol Ayala

La tía y sus perros. Por Marisol Ayala

Lo criaron tres mujeres. Su madre y dos tías. De pequeño se familiarizó con libros, música y los maravillosos textos de una de ellas. Se adoraban. Era el niño de la casa a pesar de que había más en la familia. Era el sobrino especial, el hijo que ellas dos no tuvieron, algo de lo que su madre estaba orgullosa porque sin ser conscientes las tres se sintieron madre. Pasaron los años y la vida le dio un golpe a cada uno y cada uno lo superó con la fortaleza de la que disponía. Tampoco él escapó a un zarpazo. Pero aquella unión no se quebró nunca. Cada cual en su camino, en su vida, pero ellos cuatro, siempre pendientes unos de otros. En su entorno nos admiraba tanto cariño, tanto amor, tanta complicidad. Los hijos que fueron naciendo sentían la misma adoración por las tías que su mismo padre. La misma.

Hace un par de años que las cosas vienen mal dadas. Tal vez antes. Una de ellas enfermó y allí estuvo ese hombre pendiente, cuidándola hasta que murió. La entendía como nadie. Había comenzado el descalabro. Una enfermedad se hizo fuerte en el cuerpo de su madre y con dolor se optó por un centro al que cada día acuden a verla aunque ella se enfade y proteste con un “nunca vienen”. No tiene razón. La que mejor ha aguantado el paso de los años está achacosa y se ha quedado sola, bueno, con la compañía de sus perros pero cada vez se complica más su autonomía. Un paseo por la acera es todo.

Un día la visitó, vio lo que vio, y no le dejó otra salida. “Te vienes a casa. No puedes vivir sola, tía. Nos llevamos a los perros”. Sabía que jamás los dejaría atrás pero la casa es grande. Y allí viven.

La buena siembra y el amor.

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