FIRMAS Marisol Ayala

Querida Venezuela. Por Marisol Ayala

Crecí con el lenguaje de la emigración, con la familia yendo y viniendo, buscadores de vida como tantos canarios.

Viajar a Caracas y entrevistar a Chávez han sido dos experiencias únicas.

Venezuela se ha liberado al fin de Hugo Chávez y de Maduro, una liberación que ha costado vidas y miserias. Todos hemos seguido con atención el proceso electoral de la Octava Isla, porque todos, al menos los canarios, sentimos amor por Venezuela, su gente, su música, sus paisajes su vida. Hoy escribo un texto personal recordando a gente querida, mi viaje a Caracas, la entrevista con Hugo Chávez y el dolor que supuso dejar un país destartalado, expoliado por sus dirigentes.

Son tantos los recuerdos que desde niña escuché en casa sobre Venezuela que antes de conocerla ya la quería. La “culpa” de mi amor por la octava isla la tienen mis tíos Carmina y Pepín, ella hermana de mi madre y madre de mis primos, entre ellos Mari Carmen, esa persona que desde hace años vive en el mejor lugar de mi corazón. Por ellas, por sus idas y venidas de la Venezuela esplendorosa a Canarias, sabíamos qué era Sabana Grande que era el Puerto de la Cruz qué era una arepa, como eran sus playas, como era su música, qué eran y tantas cosas para nosotros desconocidas. Mi tía Carmina fue como la madre de mi madre y en casa la admirábamos tanto como a su marido, Pepín, y a sus hijas; de hecho a mi prima Alicia le debo estar viva. Ella ejerció de madre dándome el pecho porque la mía no estaba muy bien de salud y ella estaba criando a mi primo Pepe Juan. Cada vez que los tíos y primos venezolanos venían a la isla era una fiesta. Regalos y sobremesas. Eran socialistas y recuerdo verles cuchichear con mi padre cuando encendían un habano y comenzaba la interminable charla. Pepe tenía gafas de pasta negra. Su imagen me recordaba mucho a la de Allende, de manos fuertes y gran sentido del amor.

Emigrantes canarios rumbo a Venezuela

Emigrantes canarios rumbo a Venezuela

Ellos venían un mes cada dos o tres años pero siempre sabíamos cómo estaban. Alguien lo decía, pero no sé quién. La tía Carmina era muy ocurrente y sabía muchas historias con lo cual yo era la presidenta del club de fans.

Fueron ellos pues la primera imagen que tuve de la emigración y lo que me ató sentimentalmente a Venezuela. Lo que yo no entendía era por qué iban y venían. Con el tiempo supe que emigrar era la única alternativa que tuvo la España en los años 50 y especialmente Canarias, un archipiélago aislado, habitado por la miseria. La situación de la España de entonces era una travesía de emigración que desgraciadamente hoy han vuelto a realizar muchos hijos de aquellos emigrantes pero a otros países. En cada viaje a la “Octava Isla” llevaban en la espalda una mochila llena de miedos, de incertidumbres. La persecución política era en algún caso la causa de la huida y en otras muchas la necesidad de llenar la despensa porque los niños tienen la buena costumbre de comer, pedir, estudiar, vivir. Venezuela fue para miles de canarios la despensa, el volver a empezar, en la isla que los recibió con los brazos abiertos y les dio cama y comida. Amar a Venezuela es fácil y mi familia la adora y la sufren. En estos últimos diez años ellos han sido testigos del desplome de un país que siendo rico empobreció por mil razones, pero sin duda por la nefasta política y la iluminada gestión de un gobierno que, menos mal, hace unos días parece haber borrado del mapa lo que quedaba de Hugo Chávez. Pero no crean que sacar adelante a una sociedad como la venezolana que ha respirado por inercia, por puro hábito será fácil. La ruina de Venezuela es brutal, una escasez humillante. No hay más que ver los resultados de las elecciones para comprobar que hasta los chavistas han votado en contra de Maduro y eso teniendo en cuenta el fanatismo de los seguidores de Hugo y Cía., es un dato no menor. Resumiendo, que el triunfo histórico de la oposición obteniendo 110 diputados contra 55 del chavismo no ofrece dudas, de tal manera que hasta el tramposo de Maduro y los suyos no han abierto la boca.

Honestamente creo que nada tiene que ver la emigración de hoy con la que protagonizaron en los años 60 tantos canarios que cogieron el petate, subieron a los suyos a un petrolero rumbo a La Guaira (Venezuela) y después de semanas de dura travesía llegaron a la Octava Isla. Nunca me cansaré de alabar a esos miles de canarios, gente modesta, humilde, que tuvieron el coraje de dejarlo todo, un país en ruina, una dictadura asfixiante y que con una mano atrás y otra delante viajaron hacia la incertidumbre.

Familias canarias

Una de las experiencias profesionales que recuerdo con más cariño fue la serie de trece reportajes que realicé en Venezuela con canarios que habían emigrado en los 50 y que cuando les vi todavía tenían el corazón partido. La generosidad de Venezuela les abrió los brazos y allí se dejaron la piel. Con los años llevaron más hijos y nietos y ya era imposible dejar aquel país por muy mal que hoy esté. Muchas razones afectivas de peso para no regresar a la casa canaria. Complicado. Los canarios que hicieron aquella travesía hasta Caracas relataban llorosos en sus casa de Caracas y Margarita qué cosas echaban de menos de su isla canaria, qué recordaban de aquel viaje en barco, qué edad tenían.

Ciudad Juan Griego en la isla Margarita, estado de Nueva Esparta, Venezuela

Ciudad Juan Griego en la isla Margarita, estado de Nueva Esparta, Venezuela

Algunos como Juan recuerdan aún hoy el ensordecedor y constante ruido de los motores, el olor a petróleo, el frio en el barco. Juan es de mi familia y sé de qué hablo; su presente todavía hoy está marcado por aquella travesía y su nostalgia.  Cuando subió al barco tenía 9 años. La mayoría eran niños o adolescentes cuando siguieron los pasos de sus padres.

Cuando los canarios emigrados me invitaron a sus casas me llamó la atención comprobar cómo en la de los trece personajes a los que entrevisté habían detalles que identificaban la vivienda con sus islas de lugar de nacimiento. Era gente de 65 y 70 años que trabajaron a destajo en las ocupaciones más duras para sacar a sus hijos adelante y en año 2002 querían regresar pero no podían. Tenían que dejar a sus hijos y nietos atrás y eso jamás.

Guardo con especial cariño de aquella serie de reportajes, la imagen colgada en la pared de una de esas casas canaria/caraqueña donde lucía una foto enorme de Las Canteras, un cuadro de la virgen del Pino y un paisaje con el muelle herreño de La Restinga. Releyendo hoy aquellos reportajes rememoro testimonios emotivos de aquellos encuentros como el de la anciana canaria de Isla Margarita que sacaba el pañuelo al tiempo que recordaba sus tardes infantiles en Las Canteras. Sus papás vivían en la Isleta y ella, para poder jugar antes de ir al colegio, enterraba la maleta escolar en la arena; luego, cuando acababa el juego infantil, la recuperaba e iba a clase.

Viajar a Venezuela fue como cerrar una herida que tenía abierta desde pequeña. Viajé en el 2002, creo. Chávez estaba en el gobierno y el tam tam que desde Caracas llegaba a Canarias era de una situación calamitosa. En ese contexto, con unas gravísimas inundaciones en la costa de Vargas (La Guaira) que se llevaron por delante casas de muchos canarios, más la posibilidad de entrevistar a Hugo Chávez el periódico me envió –realmente yo había decidida a ir y ellos pagaron esos reportajes- a Venezuela.

Mi llegada a Caracas coincidió con una huelga de basura -llevaba semanas en conflicto de manera que las calles estaban intransitables- pero estaba tan emocionada con ver el país con el que he crecido desde la distancia que lo encontré todo precioso. Pero no. A los pocos días me di de bruces con la realidad, falta de libertades, inseguridad, diarios censurados y mil cosas más. Un pueblo atenazado por el poder.

Durante el mes que estuve allí se organizó una protesta nacional contra Chávez a la que me uní junto a mí familia. Una riada de gente que pedía cambios. Ese día, en esa manifestación, murieron 3 chicos por disparos de la policía. Desde una ventana vimos el tiroteo y la muerte de los jóvenes que huían de la chavistas…

Entrevista con Chávez

Durante seis días estuve hablando con la Residencia Oficial de Hugo Chávez para intentar entrevistarle. Había que pasar muchos filtros para acceder a una de las tantas personas que le llevaban prensa. Después de identificarme en varias ocasiones, presentar una carta de La Provincia respaldando la petición periodística, otra vez a esperar el visto bueno. Cuando ya estaba segura de que no habría entrevista sonó el teléfono. Era la encargada de la prensa extranjera para comunicarme el día y hora del encuentro. Sería un encuentro con prensa extranjera y “al final el Doctor Chávez la recibirá 13 minutos”. Más aceite da un ladrillo, pensé.

Momento de mi encuentro con el presidente Hugo Chávez en Caracas
Momento de mi encuentro con el presidente Hugo Chávez en Caracas

La entrevista con Chávez se celebró donde tantas veces hemos visto al fallecido Presidente, es decir, en una plataforma de madera donde tiene instalada una mesa marrón. Sacaron la mesa del escenario y allí coloco dos sillas y le entrevisté. Yo estaba tan flipada que enchufé el grabador para poder escucharle luego y dedicarme en ese momento a observarle a él y a su entorno. Un joven soldado delgado, alto, de ojos negros, no me quitaba la vista de encima. Siempre tuve la impresión de que Chávez ese día llevaba chaleco antibalas. No sé si lo pensé o él me lo dijo. No lo recuerdo. El soldado solo desapareció de nuestra vista cuando Hugo Chávez le dijo en tono muy familiar que le trajera unas croquetas “de mamá” para que las pruebe esta mujer canaria”. Se las zampó él solito.

Como buen conquistador me trató de ganar con frases como “qué bonita es su isla”, “tuve una novia canaria; conozco bien de dónde usted viene. Sus playas son muy lindas” y algunas chorradas más. Me regaló y firmó una edición de bolsillo de la Constitución y me acompaño a la puerta. La verdad es que contestó a todo, otra cosa es que mintiera, que es lo más probable. Nunca olvidaré el tono que usó para decirle a su secretaria “acompáñala hasta la puerta, es una buena amiga”. Era la primera vez en mi vida que lo veía.

Semanas después de abandonar Venezuela en la casa desde donde hacía las llamadas a la Residencia de Chávez se sucedieron comunicaciones preguntando por mí. Ya sabían que lo que publiqué en La Provincia sobre su país y su presidente era negativo…

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