FIRMAS

Por favor, alcalde, sáquese las manos de los bolsillos. Por Manuel Herrador

(Válido para cualquier otro alcalde que también se las meta)

La elegancia no solo debe ser aplicada al estilismo personal de cada uno de nosotros, también a los gestos, a la comunicación no verbal.

Meterse las manos en los bolsillos mientras alguien nos está hablando, hacerlo cuando estamos escuchando atentamente a alguien o, incluso, mientras somos nosotros los propios emisores del mensaje, no es solamente una falta de elegancia, sino que expresa poca intención e interés por el asunto del que se está hablando, provoca desconfianza en ambas direcciones (emisor-receptor) y transmite la sensación de que queremos ocultar información, todo ello, envuelto de una negativa imagen de abatimiento.

Si usted es político, y comparece oficialmente en cualquier acto público que, además, está cubierto informativamente por medios de comunicación, el esmero de su imagen ha de ser elevado, aún más de lo habitual. Porque los ciudadanos que asisten en persona a ese acto, los lectores de prensa que más tarde recibirán la noticia con su foto y los espectadores que le verán en televisión, así lo merecen.

Un porte sencillo, moderno y elegante a la vez, no es que sea posible, es que es exigible. En la transmisión de una imagen plena de cortesía, de un estilo honroso y de una proyección personal de gratitud, no existen ni modas ni épocas. ¡Cuídela! Lo que decimos de nosotros mismos a través de una foto –con una determinada pose- es tan sustancial porque enfatiza directamente en el receptor sobre quiénes y cómo somos, ¡casi nada!

Para un político, la comunicación no verbal debe ser de positiva autenticidad porque marca el concepto que de él se tiene, llega a determinar en cada receptor del mensaje una idea concreta de la manera de ser de aquel. Una persona pública no solo tiene que procurar no perder el buen gusto, sino que debe potenciarlo positivamente, con una personalidad llamativa y con un talante discreto, a la vez, algo que no es sencillo conjuntar pero que puede aprenderse fácilmente si, el personaje, se prepara y se lo propone. El carácter, la gallardía, la honradez, la educación, la cortesía, la sensatez, la prudencia, el ingenio o la discreción de una persona pueden percibirse tan solo contemplando una instantánea de ella. No se trata de que un político alcance la categoría de icono del estilismo y la estética, que sea un referente de la moda y la atracción, no. Se trata de que cuide su imagen personal y busque, en público, la elegancia como concepto global, por el bien de él y de la institución que representa.

Captura

En este asunto, el de la comunicación verbal y no verbal, no cabe poner excusas de desconocimiento para eludir la responsabilidad de la omisión; no cabe echarle la culpa a la falta de tiempo para no cualificarse más; no cuela seguir siendo mediocre o vulgar y escaquearse con apelaciones a nuestra singular personalidad o a lo que quiero representar en el efímero cargo público que me ha tocado ocupar diciendo eso de “porque… yo soy así”. ¡Que no, hombre, que no!

Un político, un personaje público, en cada comparecencia se está jugando su prestigio. La sociedad se merece recibir lo mejor de él, en todos los sentidos, también en el de la imagen que nos proyecta.

Señor alcalde, señores políticos, diríjanse a nosotros mostrando credibilidad, rigor, esfuerzo, compromiso, atracción, cercanía, confianza y respeto.

Llamémosle elegancia. Sí, ¡también en las formas!

(Muchas gracias alcalde/s)

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