FIRMAS Marisol Ayala

Los otros vuelos. Por Marisol Ayala

Santiago Gil

A veces parece como si no tuviéramos tiempo de ir leyendo la vida que alguien escribe en una pantalla para que nosotros nos movamos por el mundo. Apenas llegas a entender las palabras o los conflictos que se van planteando, y cuando crees que ya estás cogiendo el hilo de tu propia historia te cambian por completo los tiempos verbales, los argumentos y, sobre todo, los nombres que te acompañaban a todas partes. Incluso llegas a olvidar esos nombres que tanto marcaron algunos años de tu existencia.

Pero también es cierto que ese narrador se toma un respiro de vez en cuando. Nunca se detiene del todo, aunque sí mueve los renglones un poco más despacio. Es entonces cuando nos creemos eternos y le empezamos a encontrar algún sentido a nuestros pasos. Todo esto es metafórico, pero llega un momento en que entiendo mejor la vida en las metáforas que en las rutinas diarias. Muchas noches, cuando estoy a punto de dormir, veo pasar mis días a una velocidad de vértigo. Permanece solo una mínima parte de todo eso que va quedando atrás para siempre, y en muchas ocasiones ni siquiera perdura lo que creía importante. Nunca tuve intención de memorizar el vuelo de un cernícalo cerca del balcón mi casa. Yo no había cumplido los diez años y por tanto lo miraría como mismo mirábamos todo lo que acontecía a nuestro alrededor cuando el mundo parecía un estreno diario. Pero ahora, cada vez que la memoria regresa a ese balcón, aparece siempre aquel cernícalo que a lo mejor solo vi unos segundos mientras sobrevolaba fincas de plataneras y barrancos. No solo quedaron los nombres de los amigos que me llamaban desde la calle o el olor de la tierra mojada en los días de lluvia. El recuerdo también etiqueta lo que cree que es importante sin que nosotros nos demos cuenta de esos vuelos que nunca pasan de largo. Me imagino que aquel cernícalo también vería mis ojos de niño asombrado en la distancia. Y había un cielo azul entre otras casas, y otras gentes que también estarían trazando los dibujos de aquel vuelo con su mirada, y una mujer feliz, y otra mujer desgraciada, y un hombre que se creería el más afortunado del mundo y otro hombre al que, de repente, se le habría venido todo abajo. No nos pusimos de acuerdo para conocernos; pero mientras vuelan los cernícalos nosotros seguimos protagonizando historias que solo acaban en las pantallas de nuestros propios sueños. Una vida dura a veces lo que tarda un vuelo en recorrer la distancia entre dos edades que no conocemos. Son muchos los que se han ido para siempre desde aquel vuelo que vi en mi infancia. Tampoco está el cernícalo, pero sí el silencio de trinos que acontecía cuando los mirlos vislumbraban aquel vuelo que seguirá grabándose en la memoria de otro niño que aún no sabe que solo está eternizando un pájaro en su recuerdo.

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