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Guía inexacta por las librerías de segunda mano (Santa Cruz de Tenerife y La Laguna). Por Eduardo García Rojas

La isla en la que vivo cuenta, afortunadamente, con librerías más que de viejo de libros usados que son auténticos oasis para lectores compulsivos y a los que les gusta además de leer, oler los libros y mancharse los dedos con el polvo que, generalmente, acumulan en las estanterías de estos establecimientos.

Para supervivientes, queda también el Rastro y las ofertas, cada vez más raras, de las librerías oficiales y en las que de vez en cuando te puedes encontrar con alguna agradable sorpresa a precios realmente asequibles.

La capital tinerfeña disfrutó hace unos años de una librería de segunda mano que se convirtió en referencia para quien ahora les escribe. Se llamaba Sonora, la atendió un caballero y hoy se ha transformado en una tienda de discos que lleva su mismo nombre.

¡Sonora!

En la avenida de Ramón y Cajal operaba Música y Labores, donde un señor con inquietante parecido al Elmer de los dibujos animados de la Warner Bros más que vender libros lo que vendía eran historietas, sellos y monedas, también revistas. Ya no existe Música y Labores, pero gracias a aquella pequeña tiendita pude hacerme a precio de risa con ejemplares de Vampus, Rufus y Vampirella que aún deben de encontrarse –y espero que no apolillados– en algún rincón de mi mansión.

Tras cerrar las dos por causas que todavía desconozco, el paisaje chicharrero quedó huérfano de este tipo de librerías hasta que a finales de los noventa abrió por una de las calles del barrio Duggi un establecimiento que llevaba una familia –a la que todavía se puede uno encontrar en el Rastro vendiendo discos y carteles– que solía visitar casi todos los días hasta que también colgó el cartel de cerrado para frustración de los aficionados.

Más tarde, en ese Rastro de mis amores y concretamente en el centro comercial del Mercado, abrió sus puertas Solican, ong que tuvo que trasladarse al actual espacio que ocupa en la calle de Padre Anchieta y que está muy próxima, precisamente, a la Recova.

Esa misma Recova en la que en una de sus casetas azules se venden libros usados en condiciones muy aceptables.

La cuestión es que gracias a su labor, mi biblioteca ha engordado casi lo mismo que mi generosa curva de la felicidad. Esa misma curva en la que empezaron a combinarse hace apenas unos días los jugos gástricos con la apertura de El Libro en Blanco, que está situado en la calle de Juan Pablo II, antes del 18 de julio.

El panorama de librerías de segunda mano cuenta en La Laguna con excelentes representantes también.

Pienso en Tenifer, en la calle de Delgado Barreto, un santuario en el que he encontrado rarezas, como rarezas se encuentran en La sala de máquinas (calle El Juego).

Imagino que en otras ciudades y pueblos de la isla que habito contarán con algún establecimiento de estas características.

Hace unos años, muchos años a decir verdad, descubrí en el Puerto de la Cruz una de estas librerías en las que se mezclaban libros de todas clases en español, alemán, inglés, francés y, probablemente, otros idiomas porque desde lo de la Torre de Babel el que no deja de observarnos todos los días se empeñó en que las cosas fueran así.

La idea es que habrá otros establecimientos de estas características repartidos por el mapa de la isla pero no sé si existen y hasta la fecha nadie se ha preocupado en demostrarme lo contrario.

El caso es que las que he comentado están ahí, y que leer, leer, pese a la dichosa crisis que ha convertido a los libros en objetos de lujo, se puede leer a precios muy módicos.

Y encima, como regalo, olerlos y macharse los dedos y descubrir páginas subrayadas y una fotografía olvidada o una flor marchita como me ha pasado personalmente. Elementos que dejo a modo de ritual en esa novela, en ese ensayo, en esos cuentos porque los libros solo nos pertenecen cuando los leemos.

Luego, luego son lomos que te observan desde las estanterías.

Con o sin polvo es otra historia.

Saludos, a leer que son dos días, desde este lado del ordenador.

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