FIRMAS

El bar de Pepe. El taco, el insulto y yo. Por Joaquín Hernández

Mi colega, amigo y tocayo me dice que mis artículos están llenos de “tacos”, que parece mentira que hablando un idioma tan rico en palabras tuviera que utilizar un lenguaje grosero para insultar o descalificar a personas e instituciones. Olvida mi amigo, tocayo y colega que mis artículos recogen las opiniones de gente que llamamos “de la calle”, de los de a pie o en coche y desde un bar de barrio, o sea desde el Bar de Pepe. Un bar donde la gente se expresa tal cual, en román paladino, sin más pretensiones que se entienda lo que se quiere decir, sin eufemismos científicos. Tampoco espero el asiento H de la Real Academia de la Lengua Española, por no esperar no espero nada. Claro no es lo mismo “gallinas jóvenes en vino agriado” que ¡¡pollas en vinagre!! ¿Verdad? Pues de eso se trata de expresar el cabreo que tenemos llamando a las cosas por su nombre y utilizando la versatilidad de un idioma universal y grandioso, como lo es el idioma español, de forma coloquial. De otra manera no me imagino sustituyendo un sustancial coño por una vagina, veamos un ejemplo: ¡¡coño, esto es inaguantable!! ¡¡Vagina, esto es inaguantable!! Suena raro y hasta esperpéntico.

En algunas regiones españolas, por ejemplo en Madrid y en Andalucía, el taco y el insulto puede llegar a convertirse en piropo, como el “hijo puta”, dicho de tal forma que significa un elogio, y así sucesivamente con el “cabrón”, “maricón” etc. Sin embargo, existe una excepción que en cualquier rincón de la península cumple con su objetivo de agravio: todas aquellas frases ofensivas que incluyen la figura de la madre de un modo directo. Y es que este tipo de recursos lingüísticos adquieren en cualquier lugar un poder balsámico. Así lo cree Raúl del Pozo: “No existe otra lengua con la que se insulte tan bien como con la nuestra. Es el idioma del rencor y la envidia. Aunque también hay algo de alivio en eso. Y lo cierto es que muchas veces se llama insulto a lo que no es más que una definición ajustada. En el caso de los gitanos hay aseveraciones muy duras, como ‘que colgao te veas’, que implican un punto de tragedia; o cuando dicen ‘arjulipí’, para referirse a una prostituta, o ‘jindañí’, para señalar a una mujer cobarde. Pero dicen que los que mejor practican este arte en Europa son los diputados británicos. Han tenido sesiones gloriosas en Westminster”. No en vano, algunos ciudadanos extranjeros se adaptan perfectamente al castellano a través de estas expresiones, o sea conocen primero los tacos e insultos que el buen léxico de Cervantes.

Camilo José Cela, al preguntarle ¿Cree usted que el taco o la voz proscrita puede escandalizar a alguien normal? Cela contestó: “hombre, normal, normal hoy no, pero subnormal si, de esos quedan bastantes”. Cela tiene innumerables anécdotas, una de ellas cuenta como cuando siendo Senador, en una larga sesión de horas y horas, se quedó dormido. Cuál era el sopor del excelentísimo escritor que uno de sus estruendosos ronquidos hizo que el presidente de la cámara llamase la atención al Senador diciéndole: “Señor Cela, compórtese está usted en el Senado del Estado Español dormido”, a lo que contesto el premio nobel español “Perdón presidente estaba durmiendo” el otro le corrigió diciéndole “bueno es lo mismo” , Cela eminentemente cabreadísimo le dijo “No, no es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, como no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo.” No es lo mismo, no.

En el fondo del asunto la definición de gilipollas como tonto en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española se queda corto, opino que gilipollas significa algo más que un simple tonto, gilipollas es un maestro, digamos un máster en la tontería. Creo que el escritor debe mostrar de forma cierta su estado de ánimo ante la temática que desarrolla, no puede ser insensible y plasmar con la indiferencia digna de un petimetre la realidad que le rodea y si al hacerlo tiene que expresar su mal humor con uno o varios tacos de cojones, pues que no se quede con las ganas.

 

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