FIRMAS Francisco Pomares

A babor. Guanchancha. Por Francisco Pomares

Fue Manuel Hermoso quien planteó por primera vez la necesidad de una policía regional. Creo que pensaba en agrupar las policías locales y disponer de un cuerpo de intervención básicamente municipal, pero formado y coordinado regionalmente. Algunos pasos se dieron en ese sentido, creando un uniforme para todas las policías locales, un sistema de Academia para sus mandos y los primeros elementos para una dirección regional. Parecía una buena fórmula, a la que le faltaba probablemente un sistema de información propiamente canario. Ese fue el debate durante algunos años en el seno del Gobierno, mientras se seguían haciendo proclamas sobre la policía y la televisión como panaceas del nacionalismo, amparados en un argumento bastante chusco: «Si hay otras comunidades autónomas que tienen policía y televisión, ¿por qué no vamos a tenerlas nosotros?».

Al final, fue Paulino quien se decidió a pasar a la historia como nuestro Millán Astray local, fundando de un día para otro su propia legión volcánica, un grupete decorativo de 200 maderos, financiados con dinero del presupuesto regional, y sin más ocupación conocida que detener porreros y hacer guardia en el Parlamento durante las sesiones especiales… Lo cierto es que no se le pueden pedir peras al olmo: con un presupuesto ridículo, una dotación de personal que la convierte en la única policía del mundo que de noche cierra el quiosco y se va a descansar, y un nivel tal de intervencionismo político y falta de objetivos en todo su proceso de creación, que aquí lo único que ha quedado de la policía en la retina y la memoria de la ciudadanía es ese uniforme cantoso e hiperrealista que José Miguel Ruano presentó en público como quien presenta la última colección de Versace.

Durante los cinco años de su patética existencia como cuerpo de seguridad, la «guanchancha» ha sido un verdadero esperpento: la mitad de sus mandos y efectivos originales la han abandonado, regresando a las policías de las que vinieron. Su gestión ha estado trufada de denuncias por abusos internos, conflictos entre los mandos y sus agentes, y una absoluta desidia. Si alguien conoce su historial de colaboración con la justicia en el esclarecimiento de delitos, o su papel en la seguridad del turismo, o algún informe sobre el yihadismo en Canarias o las mafias locales, o alguna de esas grandes cosas importantes a las que nos dijeron que se iban a dedicar nuestros polis cenicientos con retales colorados, haría bien en darnos pistas.

Es cierto que no se puede responsabilizar a la propia policía canaria de ser el desastre que es. La crearon para demostrar que podían hacerlo, sin medios ni recursos, y los sacaron a las calles como si fueran maniquís. Hoy la poli canaria es una papa caliente e inútil de la que nadie quiere ocuparse. Un grupo de gente armada y a la deriva, sin dirección y sin sentido. Sin futuro alguno.

Por eso es preciso tomar decisiones: y no hay más que dos posibles. O se cierra este ridículo exceso del paulinato, o se reconvierte, apostando por un cuerpo de policía integral que resulte útil de verdad. Y eso sale bastante caro.

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