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La versión italosoviética de Waterloo. Por Eduardo García Rojas

“Una guerra entre europeos es una guerra civil”

(Napoleón Bonaparte)

“Una batalla perdida puede ser más triste que una batalla vencida.”

(Arthur Wesley, duque de Wellington)

El 18 de junio se celebró el bicentenario de Waterloo, la batalla que significó la derrota definitiva de Napoleón Bonaparte contra la coalición aliada en ese lejano y oscuro rincón de Bélgica, ocho kilómetros de frente en el que se puso cruento punto y final al genio militar y político de quien hasta entonces era el amo de Europa.

Waterloo, que desde ese día se ha convertido en sinónimo de derrota total, fue el último intento del emperador francés por recuperar las riendas del poder tras su breve exilio en la isla de Elba. Aproximadamente cien días (entre marzo a junio de 1815) en los que  Bonaparte fue declarado “enemigo de la humanidad” mientras era aclamado por los suyos, quienes lo veían aún como el único hombre capaz de hacer grande a Francia.  Tras Waterloo, Napoleón terminaría sus días confinado en una diminuta isla del Atlántico, Santa Elena.

Una batalla de estas característica demandaba una película que recreara aquellos hechos con dimensiones igual de colosales a la tragedia que se desencadenó el 18 de junio de 1815. Tarea que finalmente asumió una coproducción italosoviétioca que, al mando del productor Dino de Laurentiis, y del solvente cineasta Sergey Bondarchuk, director de la mejor adaptación al cine de la novela Guerra y paz de Tolstói con permiso –eso siempre– de King Vidor, contó en su reparto con estrellas del cine norteamericano y británico como Rod Steiger (Napoleón Bonaparte) y Christopher Plummer (Arthur Weslley, duque de Wellington).

No deja de resultar un filme extraño Waterloo, un título de cabecera para los seguidores del cine bélico e histórico aunque distante, muy lejano para otra clase de público.

El filme cuenta el enfrentamiento que mantuvieron desde la distancia sus dos directores de orquesta. Un duelo en el que se representan dos formas de entender la estrategia militar: la audaz que siempre caracterizó a Bonaparte y la cauta con la que la que al final se llevó el gato al agua el duque de Wellington.

El largometraje, que no termina de encarrilarse, pone énfasis así en la consciente última oportunidad que representa para Napoleón la batalla así como para el frío y calculador Wellington, quien pacientemente espera la llegada de las tropas prusianas al mando de Blücher (Sergo Zakariadze). Dos hombres opuestos a los que les asaltan similares dudas y miedos cuando intentan desentrañar cuál será el próximo movimiento de su oponente.

El espectador conoce así lo que pasa por la cabeza de ambos protagonistas antes de que los cañones abran fuego, una forma de expresar las decisiones por las que finalmente apostaron, mostrando la batalla con sobresaliente espectacularidad bajo la inspirada nota musical de Nino Rota.

Waterloo debe ser vista –y entendida– más que como una película en su sentido estricto, como un modélico y espectacular documental que recrea aquellos hechos que costaron la vida de tantos hombres. Aún llama la atención la reconstrucción del ataque a la granja de Mont-Saint-Jean, la formación en cuadro de las tropas británicas para resistir el choque de la caballería francesa o el valeroso pero también inútil grito de “mierda” con el que el general Cambrone (Evgeniy Samoylov) desafíó a los británicos que lo conminaban a rendirse.

Serguéi Bondarchuk volvió a demostrar en esta película que era un formidable director de exteriores y una especie de Cecil B. de Mille del cine soviético de la época porque sabía mover a las masas. No llega, sin embargo, a la maestría que alcanzó en las escenas bélicas de su versión de Guerra y paz, pero sí que tiene similar espectacularidad aunque no el aliento poético de su personal interpretación del clásico de Tolstói. A pesar de ello, se puede atisbar ese destello, pero es eso, solo destello, en la escena del baile en la primera media hora del largometraje, cuando se presenta al duque de Wellington y a algunos de los generales que lo acompañaron en esta campaña.

En cuanto al retrato que ofrece de ambos soldados, Waterloo captura el distante desprecio que sentía el duque de Wellington hacia su tropa, hombres que solo saben beber ginebra, la escoria de la escoria, comenta cuando pasa revista, mientras que Napoleón –sobre todo en el discurso de despedida que da a los veteranos soldados de la Guardia Imperial tras su abdicación y destierro a Elba– es marcadamente paternalista.

Un paternalismo que vuelve a brotar cuando nada más desembarcar en Francia en compañía de algunos de sus leales, se enfrenta y convence para su causa y sin pegar un solo tiro al ejército que, al mando de un antiguo colega de armas, Ney, intenta detenerlo en lo alto de una colina.

Ney (Dan O’Herlihy), que junto a los hombres a su mando toma partido por Bonaparte, es uno de los personajes más castigados del filme y por la historia, así como Grouchy (Charles Millot). Bonaparte no dejará de recordarle su traición y las palabras que le dijo al rey Luis XVIII (Orson Welles) días antes de su desembarco en tierras francesas: que entraría en París con Napoleón encerrado en una jaula de oro.

En su obsesión por retratar los hechos tal y como sucedieron: movimiento de tropas, rigurosa y lujosa ambientación en uniformes, carros y armas de combate, Waterloo es una película rodada a vista de águila en la que los actores asumen, no interpretan, a los protagonistas de aquella tragedia. No emociona ni conmueve pero deslumbrará al aficionado a la Historia, quien inevitablemente la convertirá en una de sus películas de cabecera.

 

CURIOSIDADES

* Waterloo, una de las películas más caras de su tiempo, fue un fracaso en taquilla y afectó a la producción de otra película sobre Napoleón que iba a dirigir Stanley Kubrick.

* En el filme intervinieron unos 15.000 soldados de infantería y 2.000 de caballería del ejército soviético como extras. La prensa señaló entonces que el director de la cinta, Serguéi Bondarchuk, estaba al mando del séptimo ejército más grande en el mundo.

* El campo de batalla se recreó en Ucrania aunque también tuvo lugar en Caserta, Italia. Las escenas de interiores se filmaron en los Laurentiis Studios, en Roma.

LECTURAS

* Al margen de los numerosos libros de historia que se han preocupado por relatar la batalla, recomendamos para conocer lo que debió de sentir el soldado de a pie la lectura de Waterloo de Erckmann-Chatrian, continuación de Historia de un quinto de 1813. La edición de la colección Austral de Espasa Calpe está traducida por Manuel Azaña.

* La batalla ha dado origen además a más novelas, muchas de ellas inglesas donde se ensalza –como solo saben hacerlo los ingleses–  pues a los ingleses. En este caso, léase Waterloo de Bernard Cornwell, que forma parte de la serie Richard Sharpe y por estar ambientada en las guerras napoleónicas las divertidas aventuras del brigadier Gerard de Arthur Conan Doyle, entre otras.

Saludos, cae la noche, desde este lado del ordenador.

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