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Christopher Lee nunca muere. Por Eduardo García Rojas

La leyenda de Drácula no le volvió majara como a Bela Lugosi, eso al menos cuenta la leyenda, así que cuando colgó la capa y dejó los afilados comillos en el vaso de agua, Christopher Lee recuperó la capacidad de verse reflejado en los espejos y convertirse en una estrella al menos para esa formidable y extensa minoría de aficionados al cine fantástico.

Legión que lo hizo de la familia. Como de la familia es su íntimo amigo Peter Cushing, Vincent Price, Boris Karloff y el gran Lugosi al que Martin Landau explota su sustancia sentimental y extremadamente humana en la que es, a nuestro juicio, la mejor película de Tim Burton: Ed Wood.

El señor Lee llegó por casualidad al papel que cimentó su fama en el mundo del cine. Se Buscaba a un tipo atractivo y alto. También espigado y con unos ojos que fulminaran la pantalla. Así que, dicho y hecho, en las dos primeras películas que rodó para la Hammer interpretó primero a la criatura del doctor Frankenstein y luego al conde Drácula curiosamente sin ninguna línea de diálogo.

No obstante, su innegable atractivo físico y que diera réplica elegante al también elegante Peter Cushing convirtió a estos dos excelentes actores en una pareja de hecho que no me canso de contemplar en esos clásicos del cine de terror que firmó Terence Fisher, todo un esteta y todo un poeta del género macabro, al que supo dotar de un erotismo y sexualidad que todavía trasciende la pantalla.

Christopher Lee que fue un hombre agradecido toda su vida, nunca tuvo una mala palabra, una queja con el conde que lo convirtió en un personaje popular y querido, porque así son las cosas del cine fantástico.

Enamorado del protagonista de la novela de Bram Stoker, solo lamentó no haber rodado una película que recogiera fielmente el espíritu literario de la obra original. Creyó que lo hacía cuando Jesús Franco lo convenció para que volviera a colgarse la capa y se pusiera los afilados colmillos en su estrafalaria versión cinematográfica, versión que finalmente terminó convirtiéndose en otra cosa aunque el Drácula que interpreta en la película de Franco lleva por primera vez ese bigotazo que describe Stoker en su obra imperecedera, ajena al paso de los años, siempre eterna como su conde sediento de sangre.

La Hammer fue su lugar de trabajo durante unas décadas, y en esa casa además de Drácula y la criatura del doctor Frankenstein hizo otros papeles como el del monje chalado Rasputín, ese peligro amarillo que tiene Fu Manchú y el conde de Richleau en esa obra maestra del cine demoníaco que es La novia del diablo, en la se enfrenta al siniestro mago de las artes negras Mocata, que interpreta Charles Grey, y que se basa en una de esas voluminosas y pesadas novelas satánicas de Dennis Wheatley.

Poco a poco fue consolidando su trayectoria interpretativa y tras el cierre de la compañía que revitalizó a las bestias de las Universal, Lee encontró trabajo como secundario de lujo y generalmente como villano en películas ya poco fantásticas como El hombre de la pistola de oro, en la que da réplica como Scaramanga –¡¡¡el hombre con tres pezones!!!- al mismísimo James Bond, que en esta ocasión asumía con encanto Roger Moore, así como a Mycroft, el inteligente hermano de Holmes, en la deliciosa La vida privada de Sherlock Holmes, de un Billy Wilder en victoriano estado de gracia.

Pasó el tiempo, y el señor Christopher Lee hizo un poco de todo mientras envejecía como los mejores vinos. Obtuvo un pequeño papel como oficial alemán en esa delirante comedia de todo vale que es 1941, de Steven Spielberg, y en títulos como Sleepy Hollow y Charlie y la fábrica de chocolate, de Tim Burton hasta que Peter Jackson volvió a colocarlo en la cumbre de la popularidad con su interpretación de Saruman en la trilogía de El señor de los anillos.

Es una gozada verlo en la versión original, su poderosa y cavernosa voz es única e irrepetible. Grandiosa, si queremos abusar de los adjetivos.

Eso y no otra cosa, hizo que George Lucas recurriera a sus servicios en la segunda –¿o es la primera– trilogía de La guerra de las galaxias, donde una vez más hace de conde, solo que Dooku. La presencia de su íntimo amigo Peter Cushing –que curiosidades de la vida había nacido un día antes que Lee en la primera –¿ o es la segunda?– trilogía de esta ópera espacial, quiero entenderlo como el homenaje que Lucas quiso hacer a ambos actores.

Dos estrellas que brillan por sí solas en el ingrato universo cinematográfico.

Nonagenario pero con el corazón de un chiquillo, Christopher Lee continuó trabajando como actor o colaborando incluso con bandas de heavy metal, como Manowar, que no perdieron la oportunidad para contratar sus servicios como narrador de sus ruidosas canciones.

Pero dejémonos de recordatorios cuanto menos inútiles porque el señor Lee vive. Y vive, al menos dentro de nuestra cabeza escobilloneras, como un conde Drácula que presumo no hubiera disgustado a su creador, Bram Stoker.

Además, fue el mismo Stoker quien nos advirtió hace ya mucho tiempo que “la fuerza del vampiro radica en que nadie cree en su existencia.”

Y si uno observa el trabajo de Christopher Lee piensa, es obligado, es inevitable, que al genial escritor irlandés no le faltó razón.

Saludos, la sangre es vida, desde este lado del ordenador.

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