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La sombra y la tortuga, una novela de Alberto Omar Walls. Por Eduardo García Rojas

“Si nada hablamos los dos al bajar de La Laguna al puerto de Santa Cruz, menos aún lo hicimos en el largo tiempo que esperamos para los embarques, por eso me sorprendió sobremanera que estando cerca del momento en que me iba a subir a la barca, el Cojo se me echara a los brazos, me apretara con los suyos y me lanzara un lacómico buen viaje, amigo, en un tono demasiado sentido para sus extremadas parcas costumbres.”

(La sombra y la tortuga, Alberto Omar. 
Nueva Asociación Canaria para la Edición, NACE, 2015)

Alberto Omar Walls cuenta con una sólida producción literaria en la que se revela a un escritor preocupado por los experimentos formales, una de las características que definió a todo ese grupo de narradores canarios que hoy se conocen como generación del 70 aunque en el caso de Omar Walls su actividad se decantó por explorar además otros campos artísticos.

Una búsqueda, imagino que más allá de la estética, en la que se aprecian constantes y elementos que la definen y a través de los cuales se muestran las inquietudes de un artista que no ha equivocado el rumbo.

Su último libro, La sombra y la tortuga, más que una novela es un conjunto de relatos que narra en primera persona su protagonista, de nombre Liberto, y está concebido como una crónica en la que su protagonista invita al lector a viajar a las Canarias del siglo XVII. Una geografía en la que todavía convive, aunque de manera solapada, lo que todavía queda de la cultura aborigen (en este caso la guanche) con la de los europeos en un escenario en pleno proceso de transformación.

Gusto por la palabra y también por explorar aquel periodo de nuestra Historia, no debería entenderse La sombra y la tortuga como una novela histórica en su sentido estricto, sino en todo caso como el relato de un hombre que, al borde de cumplir los cien años, recuerda una vida en la que primero fue esclavo para más tarde ser un hombre libre, de ahí el nombre que lo identifica, y de ahí los singulares recuerdos –recuerdos teñidos de asombro más que de rencores–  de quien ha sabido hacerse así mismo y disfruta, además, de una notable inteligencia.

Por La sombra y la tortuga desfilan numerosos personajes y será a través de ellos, siempre observados por Liberto, los responsables que la acción de los diferentes episodios que conforman su existencia vayan hacia adelante o hacia atrás.

La profusión de páginas, de lectura muy ágil pese a su grosor ya que casi alcanza las quinientas, permite al lector que participe en la paulatina transformación que moldea el carácter de su protagonista, lo que hace que la novela transite –sin olvidar nunca su gozosa inclinación por la ironía– en géneros diversos, como es la picaresca, la novela de aventuras y de corte amoroso e incluso la memoria, que tanto se cultivó en los años en los que transcurren esta historia y cuyo inicio recuerda al de ese clásico de la literatura que es la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo y otros títulos similares escritos por otros autores que fueron testigos directos de aquellos titánicos hechos.

Sin embargo detrás de los diferentes cuadros que forman La sombra y la tortuga se esconde el proceso de cambio que sufre su protagonista, y cómo gradualmente permuta su visión de las cosas.

Visión para lo que es fundamental un viaje, como el que emprende Liberto al Nuevo Mundo y alguna que otra aventura de alcoba que determina su formación y una vez que deja de ser la sombra protectora de su primero señor y más tarde amigo, Hernando.

Ambiciosa ha sido pues la tarea que emprende Alberto Omar para contar éstas y otras aventuras, casi cien años en la vida de su protagonista que, a su modo y por longevidad, termina como una tortuga, aunque la tortuga sea en la novela un animal que se encuentra en San Roque tras ser traída de las salvajes aguas del Caribe.

Como cuadro histórico, aunque se insista en que es un error encasillar esta novela en este género, La sombra y la tortuga funciona y muy bien ya que hace viajar al lector a otra época y a compartir las alegrías y penalidades de sus personajes.

Unos personajes entre los que destaca, por ser su cronista, Liberto, un hombre instruido, y las mujeres que comparten con él algún momento de su existencia, y que son quienes lo atan a la tierra bien a través de los olores y sabores de la gastronomía, bien porque pasa con alguna unas noches de frenética actividad sexual.

En este aspecto, el escritor arroja luz, aunque se trate de su luz, sobre uno de los períodos más atractivos por desconocidos de unas Canarias que ya eran tierras conquistadas, y en la que se mezcla sutilmente la creencia de sus antiguos moradores con los que desde el siglo pasado se habían instalados en estas tierras.

Resulta muy revelador en este aspecto la descripción que Liberto hace del baño de las cabras en Punta del Hidalgo. Una fiesta en la que dejan de existir dos mundos antagónicos para fusionarse en uno solo.

A modo de conclusión, alguno podría interpretar este sincretismo como la primera piedra que forjó el carácter de sus actuales habitantes, pero es una lectura mucho me temo que apresurada. No obstante, Alberto Omar Walls sí que reviste de legendario un tiempo furioso, dominado más por la violencia que por las letras, con estas memorias que firma Liberto y en la que se fabula, con vibrante imaginación, sobre el pasado de unas islas que de siempre han estado abandonada de la mano de los dioses.

Saludos, hemos dicho, desde este lado del ordenador.

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