FIRMAS Salvador García

La abstención, evaporada. Por Salvador García Llanos

Es como si tanta encuesta se hubiera tragado la abstención y ésta ha desaparecido del debate en el período anterior a las elecciones autonómicas y locales del próximo 24 de mayo. O igual son las expectativas dimanantes de lo que llaman ‘nueva política’, basadas en la irrupción de emergentes formaciones y encaminadas a la liquidación del bipartidismo, lo que estimulan la participación, alimentan la incertidumbre y hacen cada vez más incierto el pronóstico. Es verdad que son comicios en los que se contrasta la cercanía, lo más próximo, la personalización, lo que más interesa a la ciudadanía, o sea, un factor de motivación que resulta un valor añadido; pero ya es reveladora circunstancia que se hable de casi todo menos de abstencionismo.

Lo cierto es que la preocupante tendencia, natural o inducida, preponderante sin ir más lejos en las pasadas elecciones europeas, se ha evaporado. Entonces, hasta en tertulias periodísticas se hacían llamamientos a la participación una vez contrastados los nocivos efectos de la indolencia y del rechazo a las urnas. Ahora, las cábalas y las apreciaciones circulan incesantes a medida que se conocen candidaturas y preferencias demoscópicas. Si esto significa que la política vuelve a interesar, hay que congratularse. Ya se verá cuánto dura y si los efectos se van a prolongar hasta conectar con otros procesos electorales de un año en ese sentido memorable.

Algunos politólogos han manejado la tesis de la crisis económica como causa desencadenante del desapego o de la repulsión hacia la política que se exteriorizaban con la ausencia de los colegios electorales o con la inhibición para castigar a la formación gubernamental de turno. Pero otros analistas encuentran factores estructurales que vienen de lejos y cambios en la cultura política de las nuevas generaciones como razones de la caída de la participación en convocatorias electorales.

Si el pasotismo y la renuncia de entonces alcanzaron niveles inquietantes, que ahora no se hable tanto de abstencionismo empieza a resultar saludable. Que en algunos municipios entre veinte y treinta mil habitantes haya hasta nueve candidaturas revela, en cierto modo, una reactivación que se agradece. Es verdad que no se habla mucho de programas ni de alternativas y que los soportes de precampaña siguen siendo más o menos los mismos, con el añadido de las redes sociales como gran herramienta aún por pulir. Es como si los partidos políticos -a la espera de resultados, especialmente los referidos a participación- volvieran a sentirse legitimados. Es su obligación, desde luego, producir los reclamos necesarios para superar esa peligrosa indiferencia, esa escasamente productiva pasividad que luego, por cierto, es interpretada de muy distinta manera: es difícil discernir, en efecto, si los votantes que renuncian a ejercer ese derecho lo hacen por pura convicción, lisa apatía, oposición al sistema y hasta por neutralidad política. Los registros de abstención acarrean esas causas -y puede que alguna otra- y es negativo que se retroalimenten.

En cualquier caso, sabiendo lo que ha costado la democracia y aun admitiendo que algunas opciones políticas intentarán sacar provecho del abstencionismo en tanto alejen a la ciudadanía de la política, es cuestión de que se entienda bien que sin ella o fuera de ella no hay soluciones racionales. De modo que no sobra decir que las urnas esperan. Para elegir y para exigir. Para que siga circulando líquido vital por las venas democráticas.

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