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‘Mr. Turner’, retrato de un artista. Por Eduardo García Rojas

 

Esa misma noche se repartían los Goya pero como la fiesta del cine español poca gracia me hace ahí estoy el sábado haciendo cola en el salón de actos de TEA Tenerife Espacio de las Artes para ver Mr. Turner (Mike Leigh, 2014), película que recorre los últimos meses de vida del pintor británico, ese mismo que, cuenta la leyenda, se preocupaba por observar sus cuadros nada más llegar y nada más irse de Londres el profesor José María Hernández-Rubio.

Se ve Mr. Turner como se tiene que ver una película, en rigurosa versión original con subtítulos en español y en una sala repleta de espectadores, rodeado de un público al que le gusta llamar al silencio aunque siempre hay alguien que se olvida de apagar el teléfono móvil. Se escribe porque uno resuena en algún momento de la película, mientras Turner atado al mástil de un barco es zarandeado por una violenta tormenta.

Mr. Turner es una película conmovedora y de las que deja huella. De esas que provocan cuando sales de la sesión a que hables de ella con tu acompañante porque uno aún está preso de su hechizo.

Y charlas. Y se te va el tiempo y comentas lo impresionante del trabajo de los actores, en especial el que desarrolla Timothy Spall como Turner. O la fotografía, que imita los colores de los cuadros del artista; o que muestra con ironía el círculo intelectual de su tiempo, tan parecido en sus patéticos corrillos al nuestro; o esa escena prodigiosa, o ese plano que se sale, y que si patatín y que si patatán…

El caso es que salgo de Mr. Turner alterado, lo que me obliga a reflexionar sobre uno de los grandes temas que aborda esta película: la fugacidad de la vida, y el arte como ambición para retenerla, de congelarla sin demasiados barroquismos en el caso de un pintor que se muestra en el filme humano. Demasiado humano. Una cinta que explora todas sus contradicciones para revelar sus zonas más oscuras y luminosas.

Es inevitable que piense cómo es posible una película de estas características en unos tiempos como los actuales, tan dados a un cine despersonalizado, más preocupado en lo que puede recaudar en taquilla que en contar una historia que cuenta tu propia historia. Que indaga en tus miedos, en tu reverso tenebroso y que ahonda también en esa luz que, pese a todo, escondes en algún lugar remoto de tu alma.

Mr. Turner es, afortunadamente, otro cine. Otro vicio que nada tiene que ver con las lobotomizadas sustancias que nos proporciona el cine de evasión que se estrena en estos días.

Su música, que la tiene, suena distinta y es pausada. De la que implica a que te sumerjas en un relato que va más allá de la pintura y del retrato biográfico. Diríamos, es más, que habla de otra cosa. Llámala vida. Y de la soledad y de las ausencias. Que pone el acento en los grises de la existencia, siempre efímera, un guiño muchas veces malgastado.

¿Huelga decir que es una película imprescindible?

Saludos, fundido encadenado, desde este lado del ordenador.

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