FIRMAS

Una nueva seducción. Por Armando Pinedo

La hiperactividad de la industria de la moda parece no tener cura posible después de tres intensas jornadas de desfiles de Alta Costura en París, dónde se ha vuelto a cuestionar su longevidad mientras crecían los rumores sobre la jubilación de Karl Lagerfeld, el posible contrato de Natalie Portman como imagen global de Dior y la imbatible fortaleza de la marca Armani. Y todo ello a pocas semanas de los Oscar…

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Después de más de 50 años, la Alta Costura sigue sobreviviendo a los titulares que hace décadas la entierran como parte de una romántica historia de amor (textil) que decrece a medida que mueren sus octogenarias y millonarias clientas americanas y europeas, a la vez que el sector  de la industria más potente del mundo no logra captar la atención de nuevas generaciones, más ricas e influyentes que sus abuelas, pero más entretenidas en editar fotos para su propio @Instagram vistiendo piezas de colecciones cápsulas lanzadas por sus amigas modelos, princesas exiliadas y cantantes. Ante este panorama, la gran pregunta, aunque formulada con un planteamiento muy diferente al que se cuestionaban Madeleine Vionnet o Coco Chanel, sigue tan vigente como antaño: ¿Cómo conseguir nuevas clientas?

Fuente: D.R.

En 1990 el sociólogo Nicolas Coleridge público un libro muy interesante, La conspiración de la moda, donde analizaba el sector de punta a punta, desgranando con un neutral bisturí periodístico los objetivos de una industria que protagonizaban pocos y grandes nombres, hoy desaparecidos en su mayoría, y en unos años donde el diseño japonés se posicionaba como el titular más recurrente de la prensa especializada. En ese libro, Coleridge se logró sentar con los primeros espadas del mundo del diseño para llegar a una firme y consensuada afirmación: la Alta Costura la mantenían entre quince y veinte mujeres repartidas por todo el mundo, que gastaban las fortunas de sus maridos en adquirir vestidos que hoy algunos han decidido denominar “piezas vintage”.

Fuente: D.R.

En cualquier caso, en un mundo dónde la imagen viene determinada por las redes sociales, dónde los grandes nombres se tambalean físicamente al final de cada desfile, como le ocurrió a Karl Lagerfeld al pasearse por un jardín de papel de colores saludando en su última show en París esta pasada semana, parece que la única justificación que este maravilloso juego de luces solo logrará mantenerse gracias al evento más mediático del mundo, los Oscar, alfombra roja sobre la cual cada marca no solo vende una aspiración en forma de moda, sino un labial, un perfume o collar.

Y si a todo ello le sumamos que la moda parece responder cada día más a un concepto individual y privado, tendremos que convivir alegremente con los chismes acerca de la caricatura de Donatella Versace se convierte en viral por sus terriblemente mal operadas facciones o el insistente rumor de la llegada de Giambattista Valli a Chanel, sin olvidar los comentarios sobre un casi seguro contrato de la actriz Natalie Portman (a quién admiraba hasta que renegó de un lapidado Galliano por unos comentarios desafortunados una noche de borrachera), llamada a ser la embajadora única de Dior ahora que está empadronada en París, o los últimos días laborables del maestro Giorgio Armani, que se agarra a su leyenda como Fidel Castro a la suya mientras celebra su décimo aniversario en la Costura con una brillante colección Armani Privé para gozo de los CEO del Grupo L’Oreál, que comercializa sus perfumes y líneas de maquillaje, o con el brillante trabajo de María Grazia y Pierpaolo Piccioli en la marca Valentino, dónde muchos visualizaron un silencioso homenaje a la Rusia de Yves Saint Laurent, quienes, además, han logrado contar con el apoyo del mismísimo Valentino y de su temido y poderoso novio GianCarlo Giammeti, y a la vez que Gaultier sigue brincando literalmente al final de sus desfiles con un entusiasmo que emociona tanto con la maestría y autenticidad de su trabajo, y sin olvidar a Elie Saab, de quién una acertada Vanessa Friedman, periodista de The New York Times, asegura que insiste con su trabajo en recordar al mundo entero que el Medio Este no solo vive de la guerra, sino que allí también “creamos belleza“, según las propias palabras del diseñador.

Fuente: D.R.

Y mientras logramos (lo de convivir, quiero decir) en todo este batido mediático de comentarios, chismes, titulares, colecciones, perfiles en redes sociales que desvelan colecciones en tiempo real, el neutral y siempre recomendable Imran Amed, director de la influyente www.businessoffashion.com pone sobre la mesa la legalidad moral con la que el diseñador Rick Owens ha logrado notables índices de notoriedad al presentar una colección con capas desestructuradas (algunos dicen que sencillamente estaban puestas al revés) para que algunos de los chicos de su casting desfilarán con el pene al descubierto, acontecimiento que convirtió el hashtag #DickOwens en el tema de conversación del día, aunque el propio diseñador insistiera que había sido una decisión espontánea y sencilla, frente a otras que llevan años mostrando mujeres casi desnudas sin tanto revuelo… Y me pregunto yo, ¿logrará así Owens vender esta colección ahora que muchos le apodan “Dick Owens” y quien, según apunta subliminalmente Imran Amed, se erigió en motivo de burla entre los chats y whatsapp de los influyentes periodistas  invitados a los desfiles de París…

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