Sin categorizar

¡Pájaro! Por Eduardo García Rojas

En la cartelera se cuela de vez en cuando películas anormales que resultan francamente serias para el maleducado espectador que todavía se arriesga a gastarse un puñado de euros en una sala de cine.

Una de esas rarezas que se vende de qualité es Birdman (Alejandro González Iñárritu, 2014), una película ”que hay que ver” para que ese público que está poco acostumbrado a meterse en un cine vaya, precisamente, al cine y salga zumbado ante la arriesgada pirueta visual (plano secuencia) y el excelente trabajo de unos actores que pierden bastante su gracia si se observan y escuchan en versión doblada.

Y Birdman, que insólitamente conserva su título original se estrena en este territorio en el que habito en rigurosa versión doblada porque así son las cosas y porque los que gestionan las grandes cadenas de multisalas no terminan por aclararse con eso de  los subtítulos.

Deben de temer, digo yo, que con tanto letrerito el espectador tire la toalla y deje de ver la historia de un pájaro que interpreta con tanta conmovedora convicción Michael Keaton, a quien Iñárritu le ha regalado el papel de su vida como Quentin Tarantino recuperó la carrera de John Travolta en Pulp Fiction.

Al margen de doblaje y del mensaje que transita por una película en la que cámara persigue a los protagonistas dentro del vientre de un teatro, sobre el escenario del mismo teatro, los camerinos, la azotea y las calles que rodean al –ya se ha dicho– teatro y la habitación de un hospital, Birdman no termina de ser una gran película por aquello de “la inesperada virtud de la ignorancia”, pero propone interesantes reflexiones sobre el peso del éxito y el fracaso, la soledad y la familia, así como un debate en torno al cine comercial y la necesidad que tiene una vieja y acabada estrella por demostrar que es un verdadero artista.

Birdman gustará a los que reclaman una película “de la que se pueda hablar y quedar bien porque es adulta” aunque sus personajes sean de psiquiátrico; y a los teatreros y, probablemente, a ese público cansado de un cine que no va más allá del asombro de los efectos especiales pero adormecerá, que no es lo mismo que irritará, a los que solo deseaban ver  una película que les partiera el alma.

Birdman está narrada con prodigioso y continuado estilo, y es un disfrute observar el trabajo de sus actores aunque estén doblados, pero no transmite emoción porque todo parece perfectamente calculado. Y frío, distante, por mucho que el espectador esté encima del escenario a través del objetivo de la cámara. 

En su política de expansión el cine norteamericano estrena de tanto en tanto películas anormales que por lo menos justifican el intento por reconciliarse con una industria que hoy solo resulta aprovechable en la pequeña pantalla. No obstante, soprendieron por extravagantes y millonarias Gravity y El Gran Hotel Budapest, títulos a los que les fue además muy bien comercialmente aunque resultasen frías y distantes.

Con Birdman siento esa misma sensación. La de que pese a que por una vez no me han estafado en taquilla cuando salgo y piso la calle apenas estoy ido. En mi cabeza hay destellos de Emma Stone y de Naomi Watts. Y de Keaton como de Edward Norton pero más. Son imágenes que se disuelven rápidamente en la memoria… Al final, no queda del pájaro.  

O las ratas del aire, que decía Marcial.

Y atraviesas la avenida como un náufrago mientras piensas en cuánta razón tuvo La Lupe cuando cantó que la vida es puro teatro.

Saludos, telón, desde este lado del ordenador.

Añade un comentario

Clic aquí para publicar un comentario