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‘Nagasaki’, una novela de Antonio Lorenzo Gómez Charlín. Por Eduardo García Rojas

Yo sabía que para Valentina los momentos que pasaba conmigo carecían de importancia, pero para mí eran importantes, únicos e irrepetibles, al fin y al cabo me estaba muriendo, cada día era un paso más hacia el abismo. Al llegar a casa apuntaba a grueso modo todo lo que habíamos hecho, los lugares donde habíamos estado, no quería que se perdieran en los confines de la memoria.”

(Nagasaki, Antonio Lorenzo Gómez Charlín, Letras de autor)

Las novelas de Antonio Lorenzo Gómez Charlín no dejan indiferente a nadie. Es decir, que se le aprecia o se le detesta, no caben los términos medios. Y quien escribe estas líneas pertenece al primer grupo. Entiéndase entonces que soy un lector al que le gusta reencontrarse con su obra, más si tenemos en cuenta que su último libro, Nagasaki, se lo dedica, entre otros y muy generosamente, a quien firma estas letras.

Se equivocan los que critican a Charlín de que no escribe novelas porque Charlín sí que escribe novelas. Sus novelas. Y en esta ocasión ofrece dos por el precio de una. Nagasaki engloba así su peculiar vía crucis radioactivo con los títulos de Hiroshima y… Nagasaki.

Se tratan de dos relatos que comienzan de una manera y que terminan resultando otra cosa.  Nagasaki, en concreto, y más allá del interesante desdoblamiento de personalidad que propone con Hiroshima, crece cuando su autor se quita la máscara y apuesta por contarnos su vida. Una vida salpicada de lecturas y amores turbios y mercenarios. Temas, de hecho, que componen  el sustrato a través del cual gira su peculiar universo literario. Un universo que cuenta con sus propias señas identidad y que no está impostado. Una literatura pues próxima al realismo sucio y que en manos de Gómez Charlín recuerda a veces al crudo y poético vitalismo callejero de Charles Bukowski.

Y ese aroma es el que respira Nagasaki, una novela que sube peldaños cuando sabe a memoria. Una memoria en la que se mezcla el bronco escritor que lleva dentro y el desarmante corazón roto que lleva, sospecho, también dentro. Gómez Charlín juega con estos elementos –y a veces muy bien y otras no tanto– para moldear  caprichosamente realidad y ficción.

Si me engancha leer Nagasaki, como sucedió con otros títulos de su autor, es que Gómez Charlín obliga a que sea usted cómplice de su mundo. A que participe con él en lo que no es sino una búsqueda desesperada por conseguir amor. Amor con sus mujeres mercenarias y amor al proceso de creación literaria.

Una aventura existencial que parece estar condenada al fracaso, sobre todo en sus relaciones con las mujeres, pero en la que insiste porque lo importante es amar. Sea al precio que sea.

Encuentro así que entre lo mejor de Nagasaki está el drama que plantea su histérico peregrinar –desdoblado en dos novelas que al fin y al cabo es una sola y devastadora novela– para dejar de estar solo y la forma en cómo narra esa travesía por el desierto con sobresaliente e insólita ironía.

Desviste de atolondrado melodrama algunas de las situaciones de hondo calado sentimental que describe, lo que provoca que asome la sonrisa ante las situaciones más atrevidas y desoladoras que presenta. Claro que como dejó escrito Boris Vian, la risa ayuda a que seamos capaces de tomarnos las cosas en serio. Y Nagasaki es una novela seria, muy seria, pero narrada con una mirada que, a nuestro juicio, parece desconcertantemente burlona.

La historia o mejor las dos historias que se relatan en Nagasaki son así fundidos encadenados que dan paso a otras escenas que terminan inevitablemente fundiéndose en otras hasta llegar a su final.

Un final inevitable y que no desprende sorpresa pero sí un asombro por lo poético de su composición. Parte de la acción transcurre, además, en Los Cristianos, sur de Tenerife, en los días de un año…

Tras la lectura del libro quedan atrás una serie de situaciones que mejor no ordenar en la cabeza sino disfrutarlas como fragmentos que forman parte de un mismo mosaico en el que cada uno de sus elementos tiene su razón de ser. Situaciones clave que son parte de un todo aparentemente caótico en el que late un vitalismo que ya quisieran muchos literatos reconocidos y de los que aún permanecen en la sombra.

Porque si algo define la literatura de Gómez Charlín es que resulta aplastantemente sincera. Incluso en su ficción, en la que encuentro un poso de verdad en el que agradezco que no pretenda darme absurdas lecciones morales.

Nagasaki, como otros libros de Antonio Lorenzo Gómez Charlín, es una pieza improvisada como lo son todas las huidas hacia adelante. Y una novela que puede ser entendida como dos novelas en la que bulle una aguda y en ocasiones intensa reflexión sobre la vida, el amor y el proceso de creación literaria.

Saludos, a leer que son dos días, desde este lado del ordenador.

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