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¿Quién dijo que el sueño de la razón produce monstruos? Por Eduardo García Rojas

“En su mirada vi la confesión plena de su derrota. Mi victoria no tenía, ni tuvo nunca, más que dos testigos; no por ello me fue menos preciosa.”

(El manuscrito encontrado en Zaragoza, Jan Potocki. 
Traducción: José Luis Cano. El Libro de Bolsillo, 
Alianza Editorial, 1971)

Nunca me reí tanto y nunca pasé tanto miedo que viendo El manuscrito encontrado en Zaragoza. Una película que ahora celebra su cincuenta aniversario y que a mi, personalmente, me sigue provocando risa y, al mismo tiempo, mucho miedo.

La versión cinematográfica de la novela que firma Jan Potocki es, como el autor de la obra original, polaco. De una Polonia sumida en aquellos años en blanco y negro en un régimen –el socialista– que entonces se observaba en occidente con crudo y bélico recelo.

O bobería de comunistas. Una gente muy aburrida por grisácea y uniforme.

No sé pues como se las ingenió Wojciech Has para rodar esta fantástica película fantástica, ni cómo logró reunir tantos medios para el cine polaco de la época y regalarnos a los cínicos habitantes de occidente (¡el mundo libre!) un filme tan ingenioso e insólito. Y sobre todas las cosas tan hábil y riguroso a la hora de adaptar el clásico literario que la inspira.

Imagino que saben que la película se basa solo en los relatos en clave fantástica de la obra original. Un puñado de historias que se mezclan unas con otras, al modo de Las mil y una noches, en la que se narran y cuentan historias e historias como si de un tétrico laberinto se tratara.

Y ambientado en una fabulada geografía española más próxima a la magia que a otra cosa.

Una España apasionada y apasionante en su desolación en la que puede ocurrir cualquier cosa. Más cuando un oficial de la perfecta maquinaria del ejército francés se encuentra con un extraño manuscrito tras la toma de Zaragoza.

Afirman los expertos que Potocki lo escribió bajo el influjo de Francisco de Goya y la versión cinematográfica de Has explota esa visión salvaje y negra de España sin perder el agradecido sentido de la ironía que empapa el texto original: el respeto a lo sobrenatural desde una atractiva perspectiva ilustrada.

¿Quién dijo que el sueño de la razón produce monstruos?

Y así inicia el protagonista su odisea con ingenuo ingenio infantil mientras suena de fondo la música e Krzysztof Penderecki.

El malogrado actor Zbigniew Cybulski (en la imagen) interpreta al audaz oficial francés que se convierte en el involuntario centro de esta historia. Un hombre de fe que…

“- Alfonso mío  –me dijo Emina–, ¿seréis capaz de hacer un sacrificio por nosotras? Se trata de vuestro interés más que del nuestro.

– Mi bella prima –le contesté– ese preámbulo es innecesario. Decidme francamente lo que deseáis de mí.

– Querido Alfonso –volvió a decir Emina–, nos desagrada e intimida esa joya que lleváis en el cuello, y que, según  nos habéis dicho, es un trozo de la verdadera cruz.

– Oh, no me pidáis que me la quite –contesté rápido–. Prometí a mi madre llevarla siempre encima, y yo cumplo todas mis promesas, como sabéis.”

Polonia era en 1965 un país controlado por un primo del gran hermano socialista que no perdía ojo sobre un territorio que había dividido media Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Y fue rodada entre la frustrada Revolución húngara de 1956 y la Primavera de Praga de 1968…

Así que… ¿Cómo pudo rodarse El manuscrito encontrado en Zaragoza en pleno y santificado realismo socialista?

Probablemente porque el tuerto es el rey en el país de los ciegos.

Durante aquelos años el cine polaco continuó brillando con otras producciones igual de tuertas. Eran tiempos de Guerra Fría… Faraón (Jerzy Kawalerowicz, 1966) se estrenó un año después que El manuscrito encontrado en Zaragoza… Y pese a que son dos películas  distintas sí que tienen puntos en común: ¿cómo nos manejan a cuenta del más acá y el más allá?

Viaje iniciático, reflexión ocultista, la novela como la versión cinematográfica de El manuscrito encontrado en Zaragoza es una obra circular del cine como fuente de entretenimiento y evasión en su estado más desarmente y puro.

Una cinta misteriosa que esconde otras cintas igual de misteriosas en la que el iniciado que no las resuelve pero sí que aprende de todas ellas, se transforma al final en maestro. Es decir, en un aprendiz que solo sabe que no sabe nada.

Y todo gracias a un relato poblado de espectros, endemoniados, bellas doncellas y apuestos galanes libertinos.

Un acertijo hecho broma: la vida.

Saludos, salto hacia atrás y cojo la espada, desde este lado del ordenador.

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