FIRMAS

Mamá. Por María Jesús León Ledesma

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Hoy cumple 74 años. Felicidades, mamá. No lo sabe. Hace tiempo que no es consciente del paso del tiempo. Cuando cumplió 71 le canté el cumpleaños feliz y, mientras me miraba sorprendida, le pregunté si sabía cuántos cumplía. Me dijo que 30.

Y, llegados a ese punto, un momento en que las ramas de la memoria se lían como los cables de los aparatos eléctricos en el suelo, me pregunto si será mejor estar así y no ser consciente del paso de los días… No saber las horas perdidas en una silla, no saber cuánto estás mirando a una pared, no darte cuenta de los disparates que se suceden en tu entorno… Me pregunto si ese limbo temporal le permite estar instalada -y disfrutar quizás como si lo estuviera asiendo con las manos- en el instante más feliz de su existencia. Al final, cuando el tiempo no es una prioridad ¿puedes decidir en qué momento quedarte?

Ahora que echo la vista atrás, recuerdo a mi madre como una mujer feliz. Aunque su demencia empezó a mostrarse mucho antes de lo que cualquier escáner hubiese podido detectar. Creo que mi madre enfermó por amor. Por amor a nosotros. Amor excesivo, amor desbordante, mal encauzado que se tornó en angustia, en preocupación desconfiada, en desasosiego constante, en insana vida que le atenazaba el estómago, la garganta, los sesos…que la estrujó sin piedad y en silencio sin que nadie advirtiera del desvarío. A ella, el puro amor, de tan puro, corrosivo, le fue borrando la risa y le dibujó una sonrisa pasajera. Y, aún así, la recuerdo cantando en la cocina. Respondiendo con una nueva canción a cada palabra que uno pronunciara. Era moderna, presumida, y me reprochó siempre que yo no tuviese el mismo interés por mi aspecto que el que tenía ella en sí misma. Le gustaba leer y tuvo que dejar de hacerlo porque su vista se deterioró muy pronto; cosía y también tuvo que dejar de hacerlo; le gustaba el cine pero empezó a asustarse de la pantalla grande y esperaba con deleite la Navidad para recuperar Ben Hur y Las Sandalias del Pescador o cualquier otra película que tuviera que ver con la época.

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Y no sé cuándo dejó de sonar la música en su cocina, ni en qué momento dejó de cantar su garganta…esa línea está difusa. Aún así, yo sigo viéndola cantar y recostarse agotada, en la noche, sobre el regazo de mi padre, en el sofá; y caer dormida para despertarse de madrugada y seguir con su tarea de ama de casa. Esa tarea tan dura, ingrata y mal recompensada. Si lo hubiese sabido entonces…

No sé dónde está mi madre desde hace mucho tiempo. En realidad, pocas veces en el último año ha vuelto a reír. Al contrario, la veo llorar muchas veces. Mi esperanza, casi mi certeza, es que existe un rincón escondido donde aún pulsa agónico un hilo que la liga con la realidad, donde llegan, tarde, pero triunfantes, las voces de los que la rodean. Y es entonces, cuando roza tangencialmente la lucidez, cuando ese pequeño, frágil y casi invisible rincón logra mandar una señal a la superficie, cuando me mira y, con ojos suplicantes, farfulla entre sollozos. Y de su boca desdentada brota alguna retahíla incomprensible con tal esfuerzo que me impele a abrazarla de nuevo y a decirle que sigo aquí, aunque ella no lo sepa ahora. En algún momento, en su soledad, esas cosas que para mí serán ya recuerdos mientras vuelvo a mi rutina diaria, le sonarán a realidad presente y disfrutará de ellas, digo yo…espero yo…Pero no sé nada, sé tan poco de lo que pasa por su cabeza…

Luego, en esos momentos de su clarividencia efímera, cuando se esfuerza por comunicarse moviendo tan solo los ojos y apenas los labios porque el resto del cuerpo no responde, cuando la veo luchar contra el dolor y la impotencia de verse sin vida en vida, le digo que no es necesario que siga luchando, que puede irse en paz y que lo ha sido todo para nosotros. Le explico que puede rendirse por fin. Y le cuento que su dolor es el nuestro y que, por ella, creeré en un Más Allá si me lo pide pero que no siga resistiendo, que ya ha sido valiente y fuerte y se merece el descanso. ¿Cuánto dolor y sacrificio puede soportar una persona hasta dejar de luchar?

Y, a veces, es en medio de esos momentos cuando vuelve a nacer y me espeta diáfana una breve sentencia que vuelve a cambiarlo todo: “¡Hija, qué guapa estás!” Y yo doy un respingo y le doy besos, y ella me los devuelve, excesiva, como siempre. Una ristra de besos inagotables que sus manos retorcidas e inservibles ya no pueden secundar con el abrazo o la caricia a las que tanto era afecta.

Y, entonces, de nuevo le pido a ese dios en que no creo que la deje aquí un poco más porque una siempre necesita a su madre. Y vuelvo a montarme en esa montaña rusa de sentimientos contradictorios y egoístas, aferrándome de nuevo a ese instante fugaz que, apenas he aprehendido, vuelve a escaparse como arena de entre los dedos. Y ella vuelve a su oscuridad muda, a su mundo de sueños despierta, a su dolor constante y a su vivir sin vida. Y todo comienza de nuevo, con un beso de despedida y un mañana sin certeza, en el que regresaré a verla llorar en su silla de ruedas, consumida como un árbol sin agua, retorcida como una sabina azotada por el viento… Y volveré a pedirle que se rinda y, luego, que no se vaya…

Feliz cumpleaños, mamá.

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