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En busca de la Tierra Prometida. Por Eduardo García Rojas

Cecil B. Demille es todo un personaje en la Historia del Cine. Nadie puede negarle su olfato para la taquilla y su apuesta por el gran espectáculo. Muchos por lo tanto todavía recordamos su obra por atreverse a trasladar a la gran pantalla algunos de los relatos que se narran en ese fabuloso Libro pergeñado de venganzas, sexo y líos familiares como es el Viejo Testamento.

Demille se percató que en ese Libro se encontraba casi todo lo que el público demandaba a una película y que, inspirándose en el Libro, podía incluso burlar a la censura con la excusa de que su cine además de colosal respetaba el mensaje del original literario, es decir, su espíritu sagrado que eclosiona en la todavía fascinante Los diez mandamientos (1956), una película que descubrí siendo un enano y que pasó a formar parte de mi memoria por la escena del Mar Rojo, la misma en la que Moisés a golpe de vara separa sus aguas para que el esclavizado pueblo judío alcance la Tierra Prometida mientras es perseguido sin tregua por los egipcios.

La historia de quien hace posible este milagro, Moisés, reúne otros atractivos ya que narra cómo su protagonista recupera identidad y linaje tras descubrir que no es un noble egipcio sino un judío que por revelación asume la tarea de guiar a su pueblo. Sin embargo, su gesto trae consecuencias, como poner fin a una ambigua amistad con el faraón cuando Moisés asume la misión que le encarga el Dios de los hebreos.

El Dios de los hebreos es un Dios colérico y caprichoso que más que cuidar de los suyos parece que los mantiene a raya para que no se le salgan del tiesto. Es probable que esta soberbia actitud divina explique el posterior devenir no solo de los hijos de Israel sino también de los seguidores de las otras dos grandes religiones monoteístas que nacieron bajo su inspiración como son la cristiana y la musulmana.

No es éste, sin embargo, un espacio para reflexionar sobre religión pero sí de la última película que narra la rebelión de Moisés, el príncipe de Egipto, en nombre de una fe que en Exodus (Ridley Scott, 2014) encarna una divinidad con la forma de un niño caprichoso y violento. También sediento de venganza.

Pese a su duración, no termina de aburrirme Exodus quizá porque conozco la historia, la historia de Los diez mandamientos, aunque sí noto en falta episodios que forman parte de este apasionante episodio como es la lluvia de maná y la ira desatada de Moisés cuando descubre a su pueblo, el judío, adorando al becerro del oro mientras baja de la montaña portando las tablas de la Ley.

El filme de Scott pone el acento no en el relato bíblico conocido sino en mostrar el ocaso de una civilización que se enfrenta a un iluminado Moisés. Un Moisés fanatizado que a lo largo de la película renuncia a su humanidad para guiar a su nación por el desierto.

Es inevitable que recuerde y haga comparaciones entre Exodus y Los diez mandamientos y que apueste más por el individualismo salvaje de Charlton Heston que por el fanatismo rebelde de Christian Bale así como por el laconismo de Yul Brynner frente a la vulnerabilidad de Joel Edgerton haciendo de Ramsés, pero pese a estas siempre odiosas comparaciones y un doblaje que fustiga, Exodus funciona porque esta historia, ya lo sabía el viejo Demille, funciona.

Y funciona porque si bien cuentan más o menos el mismo relato, el filme de Scott se decanta por resaltar su lado humano al mismo tiempo que muestra con sospechoso guiño agnóstico los milagros y los castigos que el Dios de los hebreos realiza primero con forma de siete plagas, brillantemente expuestas en pantalla, para concluir con el descenso, no separación, de las aguas del Mar Rojo en la escena más espectacular de una película que, como Los diez mandamientos, entiende que fue el milagro más vistoso y atractivo cinematográficamente hablando de cuantos pudo realizar el profeta a quien, irónicamente, su Dios le negó entrar en la Tierra Prometida.

Si despierta mi interés Exodus y hace que clave los ojos con cierta sorpresa en la pantalla del Cine Víctor es que la película cuenta con escenas muy bien resueltas y en todo momento intenta hacer realismo con unos hechos que sobrepasan a la misma historia. En este aspecto, la conversión del guerrero Moisés a profeta es creíble, así como el proceso de humanización que padece su oponente, el faraón de Egipto, un joven ansioso de poder al que las circunstancias –como la muerte de su primogénito–vuelve cada vez más oscuro y escéptico. Se aprecia que detrás de esta historia se encuentra un guionista, Steve Zaillan, preocupado por personajes con contraste, por mostrar las dos caras de una misma moneda. Vean si no La lista de Schindler, Gangs of New York o American Gangster.

Resulta igual de destacable la participación española en esta epopeya, desde su banda sonora que firma un cada día más internacional Alberto Iglesias, y la de la actriz María Valverde. Huelga recordar que la película se rodó también en escenarios de Almería y Fuerteventura. Se menciona solo a título informativo, el trabajo de actores como Sigourney Weaver, John Turturro y Ben Kingsley que parecen que están ahí, pese a su brevedad en pantalla, para que el espectador iniciado los reconozca y recuerde que está contemplando una súper producción.

Exodus, como los fue también en su día Los diez mandamientos, recurre y mucho a los efectos especiales no solo para mostrar las siete plagas y la espectacular escena en las que las aguas del Mar Rojo se traga al ejército egipcio que persigue al pueblo elegido por ese Dios que encarna un niño ya se ha dicho que caprichoso y cruel, sino también para mostrar la grandeza de una ciudad, Menfis, que me hace preguntar qué hubiera hecho Demille con esta técnica si hubiera estado tan avanzada en su tiempo. Es verdad, en todo caso, que esa afición al colosalismo opaca en ocasiones los enfrentamientos entre Moisés y Ramsés en Exodus, pero la historia de lo que no deja de ser una amistad traicionada en nombre de la fe –fe que hace que Moisés también se vea obligado a abandonar a su esposa y a su hijo para socorrer a los suyos– es todavía tan fuerte que logra trascender la mentira de tan precisos efectos digitales.

Ridley Scott dedica esta película a su hermano Tony Scott, fallecido en trágicas circunstanciasa hace dos años. No sé si eso explica que, al finalizar el filme, escuche en el vientre de ese único cine que existe en Canarias y, probablemente en este país que se nos pierde, tímidos aplausos de unos espectadores que –pienso– tuvieron también la opotunidad de ver en su día Los diez mandamientos.

Saludos, vagando por el desierto en busca de la Tierra Prometida, desde este lado del ordenador.