FIRMAS

La justiciera educada. Por María Jesús León

Le descerrajó dos tiros en la frente. Terminó de meter la compra en la bolsa, se volvió a decir “Muchas gracias” con un énfasis bastante impostado, y siguió caminando con parsimonia hacia el garaje. Al salir, la policía estaba esperándola.

En el interrogatorio, reveló con serenidad y detalle los lugares donde se encontraban otros cadáveres: el del señor que no recogía la caca de su perro; el del joven que no cedía el asiento a embarazadas o ancianos en el tranvía; el del fumador que expelía su humo al lado de unos niños en la parada del autobús o el de la señora repeinada y entaconada que aparcaba a hurtadillas en el reservado para discapacitados… Todos ellos reincidentes, remarcaba. Con la cajera tuvo un arrebato impropio de su metodología habitual, pero es que “No puedo con esa gente huraña que te mira como si te hiciera un favor, y no te da ni los buenos días ni las gracias”, aseveró con el único reflejo de ira que la inspectora logró atisbar en sus ojos.

Los psiquiatras no lograron diagnosticarle psicopatía. Discernía entre el bien y el mal con meridiana claridad, así es que la condenaron a la pena máxima de cárcel.

Nadie prestó nunca mucha atención al variable grupo de ancianos, embarazadas y personas con discapacidad que se daban cita de vez en cuando en un parque próximo a la penitenciaría, aunque todos llevaban una chapa con el eslogan “Plataforma por la defensa de las buenas costumbres”, la misma que ella llevó en todas las sesiones del maratoniano proceso. Desde ese momento, la celda en la que internaron a la “Justiciera Educada”, como la había bautizado la prensa durante el juicio, se llenó de libros, lienzos, flores y hasta un gato… Todos ellos, regalos recibidos por correo. Pronto la ciudad volvió a la normalidad y se olvidó de los asesinatos. Además, en poco más de un año recibió los títulos de “Ciudad Amable”, “Ciudad Limpia” y “Ciudad Feliz” otorgados por un órgano internacional de Turismo. Aunque algunos políticos pretendieron colgarse la medalla, alguien sonreía viendo las noticias en la tele del salón común.

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