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Vías de escape. Por Eduardo García Rojas

Me encuentro, porque insisto que uno se encuentra con algunos libros, con Vías de escape, un volumen imprescindible para los que nos confesamos sin rubor leales lectores de Graham Greene. En este librito el autor hace repaso sin molestos egos a su producción literaria y ofrece un relato periodístico sobre la creación de sus novelas, muchas de las cuales me han acompañado a lo largo de la vida porque Greene es uno de esos autores que te acompañan en los momentos duros y relajados de una existencia que estos días ha estado ensombrecida por un tiempo que no le deseo a nadie.

El viento y la lluvia que a lo largo de dos días ¿o fueron tres? ha tomado las islas me hizo pensar que vivía en las gélidas tierras del norte. No me acostumbro a esas voces que arrastra el aire cuando se vuelve frenético, ni al brusco cierre de puertas y ventanas que, caprichosamente, agitan las corrientes enfurecidas. Sin embargo, finalizo Personal, de Lee Child que al final me decepciona, aunque en su lugar absorbe las Vías de escape que propone Greene, de quien subrayo un largo párrafo lo que me sorprende porque llevo unos meses sin coger el lápiz y rubricar fragmentos en esas lecturas que llaman la atención.

Termino de ver la serie británica House of Cards y descubro un actor, Ian Richardson, a quien ya había detectado en Calderero, sastre, soldado y espía, aquella en la que sir Alec Guinness se disfrazaba con inteligente convicción en el papel de George Smiley, el espía de John le Carré y cuya novela se publicó en España con el título de El topo. Recuerdo preguntarle a mi padre porque lo de El topo y su respuesta: calla y mira. Una excelente lección porque desde ese día sé a que se refieren con eso de El topo.

Hace unas semanas y tras devorar golosamente la tercera temporada de Boardwalk Empire me entra la adicción de ver la cuarta. Pregunté si la tenían en uno de esos grandes almacenes donde comprar un disco, un libro o una película es tan despersonalizado como adquirir un suéter, pero el precio que me anuncia el dependiente resulta tan abusivo que tengo que dejarlo pasar por mucho que sufra mi raquítico saco intelectual aunque la providencia hace al final que me llegara la dichosa cuarta temporada por mediación de uno de esos amigos que se han transformado en oasis entre tanta desolación.

Como es domingo y parece que el sol está empeñado en asomarse por entre las nubes, me decido y bajo al Rastro, aunque la amenaza de lluvia ha encogido los puestos, muchos de ellos improvisados, que habitualmente se instalan en los alrededores del Mercado Nuestra Señora de África.

Me detengo en un puesto repleto de libros antiguos con títulos llamativamente anticomunistas mientras una chica le explica a su madre que no entiende Un mundo feliz, de Huxley y mucho menos Hambre, de Hamsun. La madre no le responde sino que escarba en la montaña de novelas anticomunistas. Me retiro en silencio y sorteo a la gente que se ha animado como yo a bajar al Rastro, pero no encuentro demasiadas cosas que despierten un interés que se ha dormido probablemente por la tormenta que estos días pasados estropeó la calma habitual que se vive en estas islas tan cercanas al continente africano.

Busco en ese deambular sin sentido nuevas vías de escape pero no hay manera porque el viento continúa murmurando con insistencia. Camelot no existe, de eso me doy cuenta cuando entro en la librería que está cerca del Mercado, donde rodeado de volúmenes usados respiro un aroma que me sabe a hierba buena. Uno de los clientes dice que va a llover y yo espero que no porque ya está bien de lluvias aunque resulte fascinante observar como corre el agua por los barrancos.

El paisaje de la ciudad después de la tormenta resulta cuando menos inquietante. Las ramas arrancadas de los árboles invaden las ramblas, así como el tronco de algunas palmeras. Un grupo de personas contempla una fachada de la que el viento se llevó varios ladrillos, así como letreros que cuelgan como un péndulo. Con todo, parece que la ciudad se recupera de la ventolera.

Subo por esta capital de provincias hecha cuestas sin dejar de mirar a un grupo de nubes ligeramente negras que parece que van a descargar de un momento a otro una tromba de agua. El aire, con todo, está limpio e incluso se respira un agradable olor a humedad. Se puede cruzar además con facilidad porque apenas transitan coches y el césped del tranvía ha recuperado un verde que ya creía olvidado… Es inevitable que en este paseo en plan vía de escape evoque la novela Los ojos del puente, de Javier Hernández Velázquez, en la que retrata a esta misma capital de provincias solo que mojada, una ciudad sobre la que cae una eterna llovizna que es otra manera con la que su autor rinde homenaje a la novela que desapareció de Antonio Bermejo: La lluvia no dice nada.

La lluvia no dice nada es uno de esos misterios con acento cultural que adorna la historia de Santa Cruz de Tenerife. Una leyenda que se suma a la copia que presuntamente se escondió de La edad de oro, de Luis Buñuel, al estallar la Guerra Civil.

Me pregunto, si existen, dónde estará el original de La lluvia no dice nada así como de esa Edad de oro… ¿tras una pared? Tras la pared quizá de esa casa terrera abandonada cuyo techo se ha venido al suelo por causa de la tormenta… Dan ganas de entrar y explorar entre las ruinas, aunque solo veo gatos que entran y salen por la puerta y las ventanas…

Llego por fin a mi castillo. Y no, no ha caído una gota de agua del cielo pese a que las nubes se vuelven cada vez más negras y sopla el viento, pero con menos entusiasmo, por las calles y avenidas de una ciudad en la que por mucho que lo intente no encuentro vía de escape.

Vías de escape…

Gracias a los dioses, Graham Greene siempre está ahí.

Saludos, eso es todo, amigos, desde este lado del ordenador.

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