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La mirada que nunca olvidas. Por Marisol Ayala

Tengo un amigo cirujano que convive con la desesperación. Prestigiado, demandado. Los que llegan a su bisturí lo hacen en situación límite, un escenario al que nunca uno se habitúa. Durante años hemos desarrollado una amistad en la que ambos ponemos la mejor de nuestras habilidades para adaptar las citas apresuradas y parar en el primer bareto. Nunca hay nada previsto. Cuando entra en quirófano no sabe cuándo saldrá así que los encuentros se producen casi siempre al final de una de sus largas operaciones. Comemos brevemente y hablamos. Me cuenta las historia de su actividad quirúrgica, todas brutales, y en algún caso le he visto emocionarse al relatar la adversidad de algún paciente. Ahora que una está sensible con una pequeña fractura nos hemos visto más. Me aconseja, me mira y me dice “va bien” y me quedo tranquila.

Por esa sensibilidad de la que hablo llevo días recordando una de las experiencias más duras con la que se tropezó mi amigo. La más terrible que recuerda aunque muchas le he escuchado del mismo palo. Pareja inglesa que llega a Gran Canaria para disfrutar de unas vacaciones. Llegan de madrugada y lo hacen con la euforia lógica de quienes van a vivir días de sol y playa. Desde el aeropuerto el autobús les trasladó a Maspalomas. Era de noche, poca luz, unas copas de más y la luna dejando caer sus destellos en el agua de la piscina. O eso parecía. No había agua. Estaba vacía. El joven bañista despertó en la cama del Negrín incapacitado para moverse nunca más. Fue mi amigo quien le explicó su situación, el terrible cambio de su vida. Menudo trago. Una vez operado viajó a su país y sabemos que con los años, tres o cuatro, ha experimentado una leve mejoría. Mantiene la cabeza erguida y lee mucho. Hace poco recordamos el caso y comprobé que su relato me impactó tanto que incluso recordaba dónde me lo contó, en el coche, camino del almuerzo. “¿No recuerdas nada más?”, le dije. “No?”.

Entonces le recordé la frase que pronunció aquel día: “Nunca he visto a un enfermo pedir con tanta intensidad que le dejara morir, dijiste, y te emocionaste, amigo”. Entonces, como un alud, la memoria se le echó encima.

Una historia amarga. Mucho. Afortunadamente ha vivido centenares de episodios dulces como el de aquel enfermo que al comprobar que tras la operación podía caminar lo recibió de rodillas, entre lágrimas.

Benditos médicos. Bendito mi amigo.

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